lunes, 18 de agosto de 2014

El Club de los comedores de arsénico (I)

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Adónde van los que no tienen certezas; los que echan a correr descalzos, sin ánimo de vida sana; aterrorizados y sin propósito. En cuál plaza se reúnen los que no ametrallan cuando hablan; los que dudan; los que se miran de reojo en las cristaleras de los balcones; los que nunca han sido, ni desean ser, confidentes; los que viven encendidos de pura fiebre y extraen palabras de las libretas como quien arranca champiñones, “con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar” (*).  
En qué bar se reúnen, para licuar el ánimo, los que sin perder saben que la guerra se libra en otra parte. Adónde van a parar los vanidosos. Los que sienten que el mundo les debe algo. Dónde pasan las noches los que no duermen; los que subrayan y salen a buscar papelitos con los cuales marcar los libros que ya deberían de haber leído; los que no parten banquetas en la cabeza de otros y vuelven a casa, cenizos y apaleados, apretando las mandíbulas y haciendo saltar los dientes en pedazos. A qué ejército pertenecen los que no son genios ni enamorados; los que ni tienen ni esperan nada (*).
Con quién hablan en las exposiciones que en verdad no fueron tan buenas; a quién le piden un deseo cuando el monedero se vacía en la fuente seca de los días. Quiénes son los que ni emprenden ni obedecen; los que no pertenecen; los que van, a la vez, a la derecha y a la izquierda; los que desertaron de cualquier farmacopea; los expansivos; los desaforados; los agotados; los que quieren apagarse como los ordenadores sin corriente; los que se aficionan a fotografiarse con animales muertos y se disparan luego con un rifle, y también los que -para matarse- buscarían métodos más modernos y discretos; los que, queriendo vivir, se envenenan de a poco, picoteando matarratas o dando mordiscos vigorosos a un bizcocho espolvoreado con arsénico.
Solo a ustedes -la tribu más hermosa que se haya extinguido jamás- pertenece la cólera, la primera palabra sobre la que alguien levantó el acantilado de la literatura.  

(*) Félix Romeo. ¿Por qué escribo? (Xordica, 2013)
(*) Chusé Izuel. Genios o enamorados.

domingo, 10 de agosto de 2014

Hombre solo que camina

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Cómo camina un hombre una mañana de domingo por la plaza Santa Bárbara. Cómo demuele el sol del verano con sus botas gastadas. De qué forma tritura la canícula, con las mandíbulas apretadas –siempre apretadas-, mientras empuja con desaliento el paso cansado de alguien que –a mí me da por pensar- no desea llegar a ningún lugar. 
Lo veo avanzar, dueño de la imagen gastada de quien sostuvo un Dry Martini -el único mar que tiene Madrid, dijo él alguna vez-. Cubiertos los ojos con unas Ray Ban Warefarer, la mano derecha ocupada con una bolsa de Primark y la izquierda con una cajetilla de tabaco –la marca de siempre, Camel Blue-. Y en su paso perdido hay algo de Saúl Trífero, acaso del Sebastián que no sabe bailar, incluso del Zazà jubilado o de la Cordelia que esta mañana se esfuma en el aire… como un hartazgo.   
Dudo si ponerme de pie, acaso atravesarme, improvisar  el incordio de un saludo que será anónimo –hay quienes nunca tenemos nombre en el recuerdo de otro-. Y sin embargo, me mantengo en el banco metálico de respaldar incómodo, mientras sigo con la mirada su paso estropeado. 
Hombre de cejas furiosas y tatuajes sin brillo; dueño permanente de una voz que a mi me parece trueno en el papel, aunque en la vida real sea, solo, el sonido gangoso de una voz nasal. 
¿Cómo camina un hombre solo una mañana de domingo por la plaza Santa Bárbara? Pues parece que así: a vueltas con algo parecido al cansancio; el resoplido agotado de las demoliciones que brillan, como los columpios sin niños y las mesas de terrazas que relucen bajo el sol en un domingo de verano con gente sin nombre y calles con perros. 
No hay quien quite la sal a este mar que lame las aceras de Madrid y que se descuelga, siempre, de la copa de un Martini que acabó ya hace mucho tiempo.  

domingo, 3 de agosto de 2014

Barbitúricos ciudadanos

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Una maleta nunca es la misma. Cobra una nueva existencia en cada equipaje; vive de lo que alguien aprisiona en sus correas. Late, pesada, con el pulso de su carga. Puede vérseles tropezar en sus coreografías, como barrigas de peces que caen sobre los terminales de los aeropuertos. Todo lo que ellas contienen es frágil. Son eso: equipaje, el sobrepeso de las buenas intenciones. 
A su alrededor, pasan los viajeros, inspeccionan en ellas un distintivo: la marca prolija con la hora y el destino del vuelo, o la simple etiqueta aeroportuaria. Las miran bien, las protegen. Luego las dejan ir, no sin antes pasar lista a la combinación: esa despedida implícita de sus cerrojos. 
Una maleta nunca es la misma; son ese vuelo a punto de partir, ese montón de ganas envueltas en papel plástico. En eso pensaba mientras me vestía con el chaleco fluorescente de los que tienen algo que declarar. Llevaba conmigo toda la furia del mundo, la fiebre más roja de todas. Pero mis párpados son más fanfarrones que mi voluntad. Dejé mi pasaporte en el mostrador. Bajé a la pista. Obedecí.
Allí estaba, de pie, frente a mi ultrajada ballena, viendo cómo un funcionario de la Guardia Nacional venezolana se daba el último gusto –al menos conmigo-. Levantaba los cerrojos con fruición. Tac, tac. El funcionario me apuntaba con su verde uniforme, con su cartelera de medallas en el pecho; el arma en el cinto y el país desangrado en sus cartucheras. Pero de qué vale maldecir, ¿de qué vale?, pensé. El distinguido auscultaba, husmeaba sólo como suele hacerlo la autoridad cuando está muy ocupada, precisamente, en ser La Autoridad. “¿Por qué tantos libros?”, increpó. Quise decirle que llevaba toda la coca del mundo en esas páginas. Pero soy cobarde. Obedezco fácilmente. 
Me contuve, miré mis cosas revueltas: libros, cajas de cigarrillos, suéteres que no sirven para el frío, objetos inútiles, lugares portátiles. En medio de la pista del aeropuerto Internacional Simón Bolívar vi desfilar mi vida, las escasas pertenencias que habrían de atravesar el Atlántico conmigo. Sentí, de pronto, estar frente al vientre abierto de una ballena que se deja tocar las vísceras. Sentí pudor, quise cubrirla y cubrirme. Y aunque quise muchas cosas, no hice ninguna. Y aunque desee patear a los perros antidroga, escupir al distinguido, arrebatarle de sus manos mis sujetadores y camisas. Aunque quise, no lo hice. No le pedí ni una sola explicación. No alcé mi dedo. No le pregunté cuántas balas suyas llevan nuestro nombre escrito. No le pregunté nada. No quise refugiarme en la solidaridad de los civiles; todos a mi alrededor actuaban igual. Todos éramos minoría. Monté un pie en la baranda de seguridad, sólo por darle a mi postura algo de rebeldía. El resto fue sólo obediencia.
Una maleta nunca es la misma, su pasajero tampoco. Compartimos una indefensión de pescadería. Alguien nos descuartiza, nos abre en dos, nos jurunga, nos ultraja. El día que tomé mi primer avión a Madrid, entendí de qué están hechas ciertas despedidas. La mía fue eso: aquel puñado de mierda y vísceras; aquel litoral acabado; ese país insolvente al que no pude devolverle si quiera una lágrima.
-¿Pollo o carne?
-Pescado, por favor- le respondí a la azafata.
 (*) Este texto lo escribí hace ya casi ocho años. Va por ustedes, por nosotros. 
(*) La imagen es de 2006. El cadete completaba un Cadáver exquisito. En una 'vaina' que inventamos, cosas de ésas, que se podían hacer. Si yo 'hecho'/'echo' (añorar es construir) de menos un país, es ése. Y por ése apuesto. Por ése ansío (ya, ya sé... que la RAE no deja acentuar el pronombre demostrativo, pero 'me la suda'). Por ése añoro; como hoy... y casi todos los días. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Desangrarse en un charco de jugo de guayaba

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Me toqué el entrecejo, varias veces. Sabía que esa noche tampoco dormiría, como la anterior a esa; y la anterior a la anterior. Durante el insomnio todo es impar. Y a mí los nones no me gustan. Sólo lo que puedo dividir sin decimales me tranquiliza.
De aquella noche –pensé- solo podría extraer un jugo cansado, amargo como lucen los días en los vagones de metro. Me fui a la cama, arrastrando consonantes y frotándome el entrecejo, como si intentara borrar algo claveteado con fuerza. Casi con la angustia con la que de pequeña rascaba mi frente los miércoles de ceniza.
Pero dormí. Sí, ocurrió. Soñé con mi ciudad, Caracas. Recorría tiendas vacías en un centro comercial con vitrinas relucientes.  Creo que buscaba a mi hermana, a quien imaginaba visitando establecimientos para comprar algo –en la vida real no se consigue casi nada-.
En mi raro paseo, un hombre con un revólver escondido en su bolsillo me vigilaba. Yo sabía que llevaba uno –sí, pensé como se piensa en los sueños, con esa certeza de tragedia griega-. Pero no me importó. Yo sólo quería encontrar a mi hermana.
El hombre con el revólver se acercó a mí. Era grueso, casi fofo. Su sobrepeso remarcaba todavía más la empuñadura del arma, que –ahora sí- sobresalía del bolsillo. Apenas me miró. Entonces sacó su pistola. 
Era un oscuro revolver de tambor – un 38, un arma de policía-. Y entonces lo hizo. Me descerrajó  un tiro en la frente. “Toma, catira, un disparo”, dijo justo antes de apretar el gatillo. En mi ciudad, a las rubias les llaman catiras.
No recuerdo si caí al suelo. Sé que tenía miedo. Sabía que, de no sobrevivir, no encontraría a mi hermana. Si simulo mi muerte, quizá viva; razoné. Y ahí me quedé, en los pasillos de un centro comercial, mientras un pulposo jugo manaba de mi frente.
La hemorragia no era roja. No olía a metal. No tenía la gravedad de los crímenes ni las desgracias. De mi frente no salía sangre sino jugo de guayaba, la fruta más dulce y agusanada que un niño haya probado jamás.  Aquella, siempre aporreada en los abastos, con la que mi abuela componía un azucarado brebaje que yo bebía a morro –y a escondidas- asomada a la nevera.También hacía con ellas un potente dulce, de melao rosa, que mi madre guardaba como un bien valioso. Lo era.
En el sueño el adormecimiento sobrevenía. Ocurría con la sensación placentera que tienen las ráfagas de calor en las ciudades con valle. Porque si algo recuerdo de las guayabas era aquella propiedad de darse contra el suelo como ninguna otra fruta. Con un golpe pocho y sordo; empalagoso, como el sonido que producen las cosas maduras al estrellarse contra un patio de cemento. Así han de sonar los corazones cuando no laten.
No recuerdo si viví o no. Sólo sé que me levanté acariciándome el entrecejo claveteado por el disparo que me propinó en sueños un hombre obeso. Me levanté de la cama, deletreando, de a poco, la palabra catira… un sustantivo artificioso, que nombra a las que nos teñimos el cabello y escondemos las cosas a gritos.

domingo, 8 de junio de 2014

Genios o enamorados

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Hace unas semanas fui a ver una película. Más que una historia, eran varias. Entre una y otra, el realizador aparecía; hacía y decía cosas. A veces cruzaba como un fantasma sosteniendo un largo micrófono; en otras hacía sonar una claqueta que acotaba un tiempo que no era tal; que no transcurría; un tiempo controlado de antemano, un hilo raro de historias que eran –y a la vez no- la misma: un grupo de actores alrededor de León,  un director joven que quiere hacer una película sobre el suicidio.
Me gustaron los recorridos que hacían los protagonistas por mi barrio; la larga caminata con la que cruzan de madrugada la Plaza Mayor y por la que se pierden entre antenas de televisión, como esas que perseguían a Mastroiani cuando alguien dejaba un mensaje de voz en Estamos todos bien. Estaba rodada en blanco y negro. Cada historia suponía una estampa. Un chico y una chica que se parten la caja con un tetrabrik a la hora del desayuno; una actriz que canta borracha, sentada sobre una barra después de sorber fideos en un japonés; amigos que se llevan la contraria al momento de pagar la cuenta en un bar al que voy a menudo… Una vida sin consonantes –las consonantes como los elefantes me obsesionan- y que para resumir tendría que valorar. Algo que no deseaba hacer, ni ese día ni hoy.
La película, de Jonás Trueba, se llamaba Los ilusos. Y fui a verla por la misma razón por la que hoy deseo licuarme de a poco en el sofá: quería una explicación, una consonante, la esquirla de un espejo dónde verse retratado. El filme se publicó junto a un libro, también de Trueba: Las ilusiones (Periférica).
Leí el texto del tirón. Lo subrayé, varias veces; sobre todo en las partes dedicadas a Roberto Juarroz. En sus páginas, como en la película, entraban y salían anotaciones, impresiones, folios de una Moleskine imaginaria que podría haber sido la mía; la de alguien más. Al salir del cine, al cerrar el libro, sentí lo mismo: tenía en las manos un artefacto, un artificio. Algo que parece y podría ser real; algo que, para existir, debe atravesar el largo desierto de la creación, ese medano donde encallan y se estropean las ideas. Porque en el fondo partimos de eso: de una ilusión, es decir, un algo sugerido por la imaginación o causado por engaño de los sentidos, pero también aquella otra cosa que se aloja en la esperanza.
Tumbados en una cama, el protagonista, León –el que quiere hacer una película sobre el suicidio-, y una actriz –la que sorbía fideos, la que cantaba en una barra, la que hacía cursos para prepararse a las audiciones en las que no la cogen- hablan desnudos. Él lee en voz altas pasajes de un libro que ella escucha mientras, me da a mí por pensar, se muere de frío, un frío que comienzo a creer que no proviene de la imagen, ni siquiera del blanco y del negro, sino de las palabras que León pronuncia.
“Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aun, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada”.
Ese párrafo lo atribuyó Félix Romeo a su amigo Chusé Izuel, el escritor que recién cumplía los 24, el mismo que decidió acabar con su vida saltando desde un balcón y al que él dedicó su novela Amarillo.  Una a una, sus palabras se quedaron pegadas a la ropa como un olor o una intención. Al día siguiente lo busqué en Internet. Apenas conseguí un fragmento. Pero con eso me bastó. Lo copié en el portapapeles y lo guardé en un documento en blanco, donde permaneció hasta hoy.  Entonces releo, en voz alta.  Genios o enamorados “O una cosa u otra, imposible ambas”. Me balanceo en la doble idea de la ilusión como espejismo y esperanza. Me columpio. Confecciono mi balcón imaginario, deletreo el largo desierto que existe entre una idea y su forma final, ese que separa lo que esperamos de lo que obtenemos. 
Genios o enamorados... Me levanto de la silla y me asomo a la ventana con una sola certeza. Si la escritura fuera lo que ansío -lo que espero-, si con ella pudiésemos realmente corregir o enmendar, a Izuel habría que escribirle una vida en la que fuese posible volar. Pero no es posible. Por eso, a veces yo también, ni tengo ni espero nada. Me doy la vuelta, recorro con la mirada una biblioteca a la que le crecen torres apiladas de libros. Genios o enamorados… Cuál será esa parte del espejo -de la vida- donde se pueden ser las dos cosas a la vez, me pregunté entonces y ahora. Nos pasa a los ilusos: "nos gusta mucho especular".

martes, 20 de mayo de 2014


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En días como hoy, el 26 pasa cada ocho o diez minutos. Mientras ese tiempo transcurre, hago lo que siempre: inspecciono la rotonda, acumulo en mi mente un número razonable de cosas por hacer, examino mi silencio el tiempo que dura en desinflarse un suspiro. Me saco de los bolsillos motivos, como quien rasca monedas al final de un una billetera. Pienso en algo parecido a una manta y entonces pasa lo que pasa: cruza frente a mi un raro trencito de turistas que pedalean; se desarma de un golpe el reloj de Atocha y voy quedándome sin ideas, sin nada qué decir. Levanto la vista. Me dejo abatir. Subo al autobús pensando que hay cosas que deberían ser distintas y otras que ya lo son. Y me quedo ahí, redondeando esa idea con la yema de los dedos. Me dejo licuar, de a poco. El 26 sube Atocha dando pesados tirones.
Hay cosas que deberían de ser distintas y otras que ya lo son.