viernes, 15 de mayo de 2015


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Feliz, feliz no cumpleaños: a ti, te doy.

Yo no puedo enseñar historia del arte a una liebre muerta.
Ni decir que viviré más de los cuarenta.

Yo sólo puedo rebuscar,
rebañar la casquería.


 Así te encontrará la muerte:
fotografiándote los zapatos.

Feliz, feliz no cumpleaños: a ti, te doy.

Así te encontrará...

Si llega.
Dos peldaños para un octosílabo.

Y entonces, sólo entonces, dejarse caer en el borde de algún vaso sucio...

Amén

jueves, 30 de abril de 2015

Los objetos de mi hermano

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Hubo un tiempo en el que me gustaba fisgonear las cosas de los demás; y si pertenecían a mis padres o a mis hermanos, todavía más. Asomarme a las gavetas que no me pertenecían; abrirlas; inspeccionar e inventariar objetos que encontraba a mi paso: un reloj sin batería en el que siempre eran las dos y cuarto; monedas color cobre – a veces verdosas- apiladas en la tapa de un desodorante; broches estropeados; pendientes desparejados; libretas a medio usar; picaduras de pipa envueltas en bolsas parafinadas; pulseras de fantasía desdentadas. Un reino irrespetuoso sujeto a la gasolina que suponía ser descubierto.

Objetos dormidos que yo traía a la vida por el solo hecho de tocarlos. Me entretenía coger uno, cambiarlo de sitio y devolverlo luego a su posición original. Mi atrevimiento les confería una nueva existencia, espantaba las tardes de calor y me prodigaba el privilegio de ver sin ser visto, de poseer aquello que no era mío. Era como comer a escondidas: placer culposo sin rastro. Apropiarme y luego abandonar, como si nunca hubiese estado allí. Sólo después de dar buena cuenta de ellos, me marchaba, a hurtadillas, disimulando malamente… como quien sale airoso de la cocina, sacudiéndose de los labios las migajas de un bizcocho robado en mitad de una tarde aburrida.

Las gavetas en las que más solía demorarme eran las de mi madre y mi hermana. Ambas estaban llenas de objetos incomprensibles, en su mayoría estropeados o a medio usar. ¿Por qué guardaban cosas así? Tras invertir largas y repetidas incursiones, aprendí a diferenciar cómo gastaba cada una el labial: mi madre plano y redondeado, como la punta de mis tijeras puntarroma; el de mi hermana, plano también, pero con la hendidura de un labio insistente y pequeño... aunque los objetos de mi hermana me resultaban menos sorprendentes, porque conservaban ese raro estropicio del juguete -nos llevamos apenas cinco años, ambas tuvimos muñecos, a los que mutilé algun que otro miembro, de los suyos claro...-. Pero pasó el tiempo, abandoné -nominalmente- la infancia y me refugié en su biblioteca, la de mi hermana. Me hinché a robar libros de poesía -los de Humbolt y Darwin me parecían un coñazo. Yo quería poesía; eso que ella sigue siendo: poesía- y camisetas que a mí siempre me quedaban fatal.

El escritorio del despacho de mi padre no tenía nada qué envidiar al resto: pasaportes, fotos tamaño carnet redondeadas en las esquinas; retratos de abuelos muertos que llegaron de un puerto y a los que jamás conocí; mecheros de cigarrillos que jamás vi a mi padre encender –cuando yo nací él había dejado de fumar-. Mi hermano, el casi mayor (el segundo), tenía un botín –como los poemarios de mi hermana- que comencé a paladear con más placer a medida que avanzaba el tiempo: desde la pecera a la que arrojé una pluma Parker, ocasionando un genocidio, pasando por los espantosos cigarrillos mentolados que robé de tarde en tarde para prodigarme nicotina, hasta sus volúmenes de ensayo e historia, con los que aprendí cosas que olvidé o ya no comprendo. (Que uno va a peor es una certeza).

El reto más tentador, la zona límite de mi safari familiar, tenía su máximo umbral en la habitación de mi hermano mayor. Y la tentación era tal, justamente porque las suyas eran las gavetas que más me costaba comprender -y que mayor reprimenda tendría, en el caso de ser descubierta-. Los cassettes apilados por colores, inmensas y tambaleantes torres; los perfumes –en perfecto orden-, una orgía de olores del que recuerdo, no sé por qué, la Old Spice; las fotografías recortadas a conciencia, firmes  en una pared blanca, fijas con el celo envejecido por el ámbar que imprime sol con el paso del tiempo.

Me tomó mi tiempo reunir el valor para abrir sus cajones.  Todavía recuerdo el primero: una bolsa plástica llena de billetes rotos: desde la más baja hasta la más alta denominación.  Acaso sabia premonición de mi hermano: el bolívar –el país representado en aquella moneda- no valdría nada en unos años. Hagamos con él confeti. Nada más ver aquello, me quedé helada, plantada como un clavo en la palma de quien no cree. Cerré la gaveta y eché a correr. Me fui al jardín, a mordisquear un mango maduro de los que arrancaba de la pequeña mata de la cuestica. Y aunque zampé tres o cuatro, no entendí nada. Tampoco me tranquilicé. Ahí estaba aquella bolsa, llena de insistentes y minuciosos papelitos. Pensé en chivarme –porque delatar a los hermanos encierra un placer oculto- pero me callé.

Si empecé a escribir, alguna vez, fue para propiciar una tormenta, para gritar como se hace en las pesadillas, para levantar una casa de paredes blancas que echaríamos abajo con una arcada invisible –y yo, paquiderma, he demolido muchas, pero muchas casas-. Un deslave impecable… e implacable; imposible. Y hoy, con ese oleaje raro que tienen los sueños y los afectos, quince años después o puede que veinte, me he asomado a la habitación de mi hermano mayor.

Él tiene todavía la misma edad. Yo me he hecho mayor. He ganado cicatrices, y los galones absurdos que se conquistan en batallas inútiles; también me he vuelto más bruta y diminuta. En fin, que me asomé y entré. Mi hermano ya no colecciona  perfumes –o al menos los ordena ahora en el baño-, tampoco rompe billetes –ahora sólo pica papeles, cualquiera de ellos: telechino, telepizza, ofertas del Carrefour- y de los cassettes, ni rastro.

Y ahí, justo ahí, en su improvisaba habitación madrileña –esa vida de campamento que nos inventamos todos hoy-, me topé con cuatro objetos. Cuatro. Sólo eso bastó. Y como la niña imbécil que fui –y sigo siendo-, quise en ese momento huir bajo la mata de mango e hincharme de dulces certezas.  Pero aquí, en la ciudad donde vivo, de los árboles caen botellas rotas, no mangos.

El silencio glacial, y a la vez jugoso, de tres motitos Repsol  y una reproducción de Casillas, el portero del Madrid –su jugador favorito, siempre ha amado a los porteros- me dejaron enterrada en el piso de madera, cual colilla atornillada en un cenicero. Y no supe qué hacer, excepto sonreír. Espantar las preguntas con eso que se parece a la ternura, ese sentimiento poroso que nos empuja a proteger.

Puestos así, en perfecto orden, aquellos objetos hicieron lo que cualquier tormenta. Hablaron un idioma remoto con el que quise arroparme y arroparlo. Salí de su habitación porque un guasap presagiaba una tormenta sin importancia: Premios literarios, cabreos de jefe, erratas en el titular y esas cosas que en el fondo no valen nada... Luego, me asomé a la ventana. Busqué con el corazón un árbol de mangos, que no conseguí… y sigo sin hallar.

miércoles, 7 de enero de 2015

Los comedores de arsénico (Capítulo IX)



Adela, mi hermana, no está bien. Mejor dicho: está loca, pensó Borja Prado mientras  se cepillaba los dientes frente al espejo de un baño con doble lavamanos; un cuarto pensado para una vida que él ansía. Sabía que todo aquello sería suyo. Y no porque tuviese un plan, que lo tenía, sino porque no existía una opción distinta.Salió a correr a las siete y media de una mañana en la que su único combustible, lo que engrasaba las piezas de su alma estropeada, era no ser nada distinto de lo que esperaba de sí mismo: una victoria rotunda de la voluntad y la disciplina. Pero su hermana, sabía él, no era capaz. A ella sólo le importa su hambre. Ese espíritu con el que nació y que tanto le irrita. Su preparador físico le repite todos los días lo mismo: disciplina, disciplina, disciplina. Él obedece. Se obedece a sí mismo. Porque él es lo único que tiene. Piensa mientras mira su bolsa con palas de padel y examina un abdomen que será plano. A eso se aferrará, mientras llega su futuro. Y no es que no quiera a su hermana. Pero Adela le recuerda todo aquello cuando le repele. Porque  ella lo único que ansía es eso: matarse, matarse, matarse. Está rodeado: de perdedores, suicidas y cobardes; de porristas cojas que se entusiasman con el sonido que produce una pala al raspar la tierra y que se arrojan a la fosa dando saltitos alrededor del sepulturero. Pero él  no quiere morir. Él no morirá. Será el dueño de la colina más alta. El hombre que cincele diez mandamientos nuevos en las tablillas de su abdomen.

martes, 9 de diciembre de 2014

Los comedores de arsénico VII


VII 

Félix no me deja hablar de ti en nuestras sesiones, le dije, de sopetón. Ella no levantó la mirada del libro, como si yo no estuviese frente a ella, como si no hubiese dicho nada. Que te digo que Félix no me deja hablar de ti cuando voy a consulta. Ajá, murmuró, insoportable, ahorrándose vocales. No hay nada que me irrite más en Mercedes que cuando se hace la ausente, que suele ser la mayoría de las veces; al menos conmigo. ¿Y no se te hace raro?, insistí. Pues no. La verdad no. Sacó un postip color rosa y marcó con él una página. ¿Qué lees? Nabokov, respondió. ¿El de Lolita? Sí, Juan, ése, el de Lolita. ¿Y te gusta? ¿Qué cosa, Juan? Pues el libro. Tampoco contestó. Volvió a extraer otro postip y marcó la página siguiente. La mitad del libro estaba llena por completo con esas pequeñas banderitas con aspecto de lengua de serpiente; un libro medusa, como ella, como Mercedes. No me estás haciendo caso; pensé que reclamándole atención conseguiríamos hablar, aunque fuese un poco. ¿Y qué querías, que Félix compartiera contigo lo que hablo con él? Su silencio me parece justo, afirmó sin mirarme. Me ha dicho que estás mejor, le dije jugando mis fichas. Y lo estoy, llevó la mano a su pequeña cajita de postips, pero sólo consiguió sacar una lámina transparente sin pegamento que ya no servía para nada. Se habían acabado. ¿Mejor en el periódico?, solté yo. Igual que siempre, devolvió ella. Con Mercedes, hablar es como jugar al Ping-pong con un coreano somnoliento. Vamos, que eso en tu caso es algo así como: igual… de mal. Ella levantó, al fin, la mirada. Al menos a mí no me da por tirarme a la autovía... ¿Y qué tal Félix, te ha servido por lo menos para que la próxima vez que intentes matarte lo consigas?, cogió la cajita sin postips y la usó como improvisado marca libros. Pues, si te soy sincero, le dije, tengo la impresión de que Félix no me hace caso. Le he pillado, varias veces. Me confunde con otros pacientes. Me pregunta por cosas que acabo de contarle. Creo, la verdad, que no me escucha. Bueno, no te quejes, al menos te deja pagar las citas de tres en tres. Míralo, es como un crédito, cuántos psiquiatras hoy día ofrecen terapia con financiación. Mercedes llevó los dedos al plato vacío de aceitunas. Te las has comido todas, dijo, cuando en realidad había sido ella. ¿Salimos a fumar?, me preguntó. Hace demasiado frío, y la verdad no me apetece, ¿por qué no te pides otra ronda? Pídela tú, ya vuelvo, ordenó; Mercedes cogió el abrigo y sacó la cajetilla del bolsillo. La ví atravesar el bar y salir a la calle. Encendió el cigarrillo y se puso a fumar de espaldas a la cristalera. Desde niña, Mercedes ha tenido la manía de permanecer de pie con las piernas abiertas y empujando las caderas hacia delante, como si estuviese a punto de bajarse la cremallera para orinar. Siempre fue un poco marimacho, aunque con los años, su brusquedad se ha convertido en un encanto discreto. Cuando tenía 17 daba apretones de mano en lugar de besos y hablaba con voz de hombre para disimular el terror que le producía hablar con otras personas. Es guapa Mercedes, pensé mientras la observaba dar largas caladas a uno de esos Marlboro extra largos que ella compra para fumar más sin que parezca. De pronto, un hombre gordo y con barba se detuvo a hablar con ella. Se saludaron con dos besos entusiastas, el de ella un poco más psicópata que el de él. Y como siempre que se sentía evaluada, Mercedes comenzó a gesticular en exceso, como si intentara demostrar más sorpresa y felicidad de la que realmente siente, lo que la convierte casi siempre en una mujer excesiva para quienes la conocemos y encantadora para quienes se creen sus paripés. El gordo barbudo parecía tener prisa y se despidió de ella con dos besos mochos y torpes que ella respondió ofreciendo las mejillas y poniendo morritos, besuqueando el el aire. Él se alejó imitando con las manos el auricular de un teléfono. Ella, en cambio, respondió con el gesto de quien escribe en un teclado. Mercedes odia el teléfono. Cuando contesta, lo hace con una sonrisa de hormigón, como si fuese posible oír en su voz  el rastro de esa mueca risueña y feliz. Pedí dos tercios  más de cerveza y un cuenco de aceitunas. Mercedes sólo come aceitunas y, a veces, frutos secos, pero sólo si son cacahuetes. Eso sí, odia los kikos; son demasiado duros y hacen que le duelan los dientes. Viéndola fumar, todavía de espaldas, me di cuenta de que sabía de ella todo cuanto no era importante: el  mal humor que le produce que la tropiecen en la calle, la irritación que despiertan los viejos y los niños, su manía de ir sentada en el autobús aunque sean sólo dos paradas… Conozco de ella ese largo catálogo de tonterías y, sin embargo, no soy capaz de saber cuándo está mal o cuándo peor; no sé distinguir sus cabriolas ni sus cambios de humor; soy capaz de creerme cualquier mentira, porque ése es el acertijo de Mercedes: lo que parece de lo que es. Ella siempre busca aparentar ser más inteligente, más calmada, más feliz, más capaz, más dispuesta, más dueña de sí misma, más, más, más… siempre más. Pensaba todas aquellas cosas cuando ella se sentó de nuevo a la mesa. Te he pedido más aceitunas, le dije haciéndome el eficiente. Mercedes sentó en el sillón y se escurrió un poco. Y entonces,  Juan, ¿piensas buscar trabajo de lo tuyo? ¿Y qué es lo mío?, dije como un buen centrocampistas que recupera balones. Pues los números, las cuentas, vamos, las finanzas. Podrías aprovechar el paro para hacer un máster en gestión, o finanzas, ¿no crees? Ni lo sueñes, le dije mientras despegaba la pegatina de la botella vacía de cerveza. Creo que deberías. En el fondo, Juan, si trabajabas en aquel banco es porque querías que alguien se fijara en ti y te contratara como analista. Eso mismo, Mercedes, quería. Ya no. Un camarero de barba tupida y brazos tatuados dejó sobre la mesa los dos tercios y el cuenco con aceitunas. Quién era el hombre que te saludó, pregunté para cambiar de tema. Bartolomé, el editor de Lengua de Vaca, dijo cogiendo una aceituna, como si yo supiera qué demonios es Lengua de Vaca. Una editorial independiente, redondeó, generosa, para que yo no estuviese tan perdido. Me ha dicho que le envíe mi manuscrito. ¿Y vas a hacerlo?, atraje hacia mí el cuenco de aceitunas en cuanto me di cuenta de que iba a echar el hueso chupeteado entre las olivas.  No sé… y resopló. ¿Y qué fue lo que le dijiste a Félix de mí? Pues la verdad. Abrió los ojos simulando sorpresa: ¿y cuál es La Verdad? Pues que no estás tan bien como dices. La miré coger el cuenco, sacarse el hueso chupado y dejarlo entre el resto de las aceitunas sin morder. Los detalles, Juan, siempre se agradecen, me respondió. Nos miramos, en silencio. Y sólo ahora me doy cuenta de que no había entendido, de que jamás había comprendido  ni una sola de las palabras de Mercedes.

domingo, 16 de noviembre de 2014

El Club de los comedores de arsénico II

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II (en realidad uno)
No deseaba morir por cansancio ni miedo; por despecho o frustración; ni siquiera por venganza. No quería matarme por ninguno en específico de aquellos motivos, sino por todos a la vez. La idea aparecía en circunstancias anodinas, tópicas: al mirar los rieles raspados del andén del metro; frente a una ventana abierta en cualquier edificio de más de cinco pisos; en lo más alto de una larga escalinata,  preguntándome cuál peldaño sería el mejor para dejarse partir la crisma. Estudié todos los modos y escenarios posibles y escogí uno. Ése. Justo ése.
Entonces me gustaban las listas. Tenía docenas de ellas: accidentes de aviación sin resolver; versiones mejorables de malas películas; mujeres que podrían haber sido hermosas de no haber sido por sus defectos imperceptibles. Comenzaron siendo inofensivas, pero con el paso de las semanas, me di a la tarea de confeccionar una de muertes ocasionales -no del todo dolorosas- con las que distraerme. Era un pasatiempo. Casi comida gratis,  la forma más cómoda de obtener algo sustancioso a cambio del módico precio de imaginarlo.
Tampoco llegué a ser un militante en aquello de apurar el más allá. Experimenté arrebatos entusiastas de apego a la vida. En una ocasión, tiré todas las pastillas que guardaba en casa en el contenedor de basura. No eran fuertes y mucho menos demasiadas; de hecho, lo más potente que llegué a tomar alguna vez fue Clorazepan. Me ofendía que Félix -el psiquiatra que Mercedes me sugirió y que comencé a ver para tratar un insomnio demasiado largo-, me recomendara una droga ñoña y sin atributos que dejé de tomar por mi cuenta, convencido de que ni siquiera me hacía efecto.
Y  aunque aquello fue como tirar cuatro de cajas de paracetamol o deshacerse del detergente para evitar la tentación de una muerte doméstica, ridícula o fallida, llegué a pensar que hubo algo tan noble como cobarde en el gesto de tirar el Clorazepán (caducado) que guardaba: preservar la vida que no tenía el valor de quitarme. En esos meses tuve mis idas y vueltas. Cortas epifanías seguidas de chiclosos rebrotes; la gasolina de la autocompasión poniendo en marcha el motor rugiente de mi destartalado malditismo, lo que hacía que el asunto fuese circular y cansino.
Pero, aquella, justo aquella noche, un aguijón de orgullo me hizo pasar del bando de los reblandecidos al de aquellos que un buen día se despiertan y desconciertan a todos con una barbaridad. Pensé en los que no esperaban de mí ni siquiera una muerte atroz -¡os vais a cagar!, dije-. Un suceso terrible que les obligara a preguntarse qué ocurre con la vida para que ese tipo de cosas sucediesen. Había llegado el momento de poner en práctica el asunto. Nada de coqueteos, ¡No, no, no!
Decidí que debía escoger entre una muerte sin dolor y una muerte segura. Opté por la segunda.  Salí de casa sin dejar ni una nota -¿debe uno avisar que va a matarse como quien dice que se ha marchado a comprar pan? ¿la descubrirían mis compañeros de piso -la nota- enterrada entre facturas del Dia pegadas con imanes en la nevera?-. Ni pensarlo. No la verían y, de ser así, no se darían por aludidos.
Caminé sin prisa hasta la pasarela por la que a veces cruzan corredores nocturnos y jugadores de Padel, esa modalidad de tenis para gente que nunca podrá jugar al tenis. Me cercioré de que no fuese demasiado pronto. Calculé una hora inofensiva y eché a andar por el parque lleno de pequeños volcanes de mierda que dejaban a su paso los perros del barrio y de los que, me parecía, emanaba un humo breve, aun vivo en el frío del invierno.
Esquivando los montoncitos que ninguno de los dueños de los perros se dignó en recoger, comencé a repasar los suicidios que hasta entonces me parecían ejemplares. El de Robert Enke, portero del Benfica, el Barcelona y el Hanover, que se tiró a las vías del tren –‘el portero que temía a la vida’, dijo la prensa cuando se supo la noticia-; tenía 32 años y una hija muerta.  También Tony Scott, el director de Top Gun –una película mejorable pero me resultó indispensables durante mi adolescencia-, que se tiró desde el puente Vincent Thomas en Los Ángeles; le habían diagnosticado un cáncer inoperable. Y, claro, mi favorito, el campeón de los desdichados: Michael Marin, ex financiero de Wall Street.
Su historia me gustaba; era a la vez absurda y magistral. A mitad de camino entre la sorpresa y el método. Marin, un tiburón de las finanzas egresado de Yale, apuró la larga travesía de la bancarrota, hasta que se vio con el agua tan al cuello –y la cuenta corriente lo suficientemente vacía- como para no pagar la hipoteca de su enorme mansión en Phoenix. Decidió entonces prenderle fuego a la propiedad para cobrar el seguro y, santas pascuas, sanear sus catastróficas finanzas. El plan podría haber sido perfecto, de no ser porque se descubrió que aquello no había sido un accidente.  Michael Marin fue llevado a juicio. El jurado le declaró culpable del delito de incendio intencional y le condenó a 16 años de cárcel.
Nada más leer la sentencia, Marin se llevó las manos al rostro y las acercó a la boca, donde introdujo con discreción un puñado de pastillas. Transcurrieron un par de minutos en los que bebió un poco de agua. Acto seguido cayó al suelo en medio de convulsiones mientras su abogada intentaba levantarlo del suelo pensando, ¡oh Dios!, que aquello era un ataque de nervios. Pero no, nada de nervios. Marin murió en la misma sala del tribunal. He visto el vídeo cientos de veces en youtube y debo decir que es la forma más sobreactuada que alguien haya usado jamás para morirse de verdad.
A diferencia de mí, aquellos suicidas ejemplares tenían motivos. O al menos eso pensaba yo. Y cuanto más cerca me hallaba del puente sobre la autopista, más me convencía de que la mía no reunía las condiciones para formar parte de una lista de muertes modélicas, mucho menos representativas de algo. No me empujaba, ya lo dije, la desesperación. Tampoco la certeza de quienes viven atormentados por algo. No tenía nada de qué huir, porque no tenía nada.
Vivía en un cuarto sin ventanas por el que pagaba casi 500 euros mientras el resto de mis compañeros de piso pagaba 300. Llevaba años trabajando en una oficina de banca de inversión como encargado de reprografía y encuadernador de informes, puesto al que llegué después de graduarme, sin honores, en empresariales. Había tenido novias ocasionales y sosas de las que no guardaba ni un solo recuerdo memorable, ni siquiera uno desagradable o truculento. Mi familia era pequeña y disfuncional: mi padre vivía en Cichabamba con una hija y una mujer que mantuvo en secreto durante cinco años –y de la que no sospechábamos su existencia hasta que recibimos la estrambótica visita- y mi madre sobrellevaba lo más dignamente posible una viudez improvisada que se inventó luego de amenazar a mi padre con un cuchillo jamonero para que desapareciera por completo de su vista.
Una vida ceniza, gris como un traje sin atributos. Visto así, lo mejor era sorprender, dar el pelotazo de la desilusión. Arrojarse al único vacío donde los resbalones son  compensatorios; algo así como ejercer un heroísmo venenoso y narcisista -¿son respetables los suicidas?- hecho del mismo material del que están hechos los gestos imprevistos. Me decía todo esto a mí mismo mientras escuchaba el paso rasante de los coches que cruzaban la M-30 en dirección a San Sebastián de los Reyes. Ahí estaba, espectral, a punto de convertirme en un suicida modesto, no demasiado original, pero suicida al fin y al cabo. Y cuando estaba ya a punto de saltar, el cretino ése salió de la nada, empujado por la sebosa casualidad y cargando una bolsa llena de palas de Padel.
No me maté; y fue por su culpa.

lunes, 18 de agosto de 2014

Los comedores de arsénico (I)

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Adónde van los que no tienen certezas; los que echan a correr descalzos, sin ánimo de vida sana; aterrorizados y sin propósito. En cuál plaza se reúnen los que no ametrallan cuando hablan; los que dudan; los que se miran de reojo en las cristaleras de los balcones; los que nunca han sido, ni desean ser, confidentes; los que viven encendidos de pura fiebre y extraen palabras de las libretas como quien arranca champiñones, “con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar” (*).  
En qué bar se reúnen, para licuar el ánimo, los que sin perder saben que la guerra se libra en otra parte. Adónde van a parar los vanidosos. Los que sienten que el mundo les debe algo. Dónde pasan las noches los que no duermen; los que subrayan y salen a buscar papelitos con los cuales marcar los libros que ya deberían de haber leído; los que no parten banquetas en la cabeza de otros y vuelven a casa, cenizos y apaleados, apretando las mandíbulas y haciendo saltar los dientes en pedazos. A qué ejército pertenecen los que no son genios ni enamorados; los que ni tienen ni esperan nada (*).
Con quién hablan en las exposiciones que en verdad no fueron tan buenas; a quién le piden un deseo cuando el monedero se vacía en la fuente seca de los días. Quiénes son los que ni emprenden ni obedecen; los que no pertenecen; los que van, a la vez, a la derecha y a la izquierda; los que desertaron de cualquier farmacopea; los expansivos; los desaforados; los agotados; los que quieren apagarse como los ordenadores sin corriente; los que se aficionan a fotografiarse con animales muertos y se disparan luego con un rifle, y también los que -para matarse- buscarían métodos más modernos y discretos; los que, queriendo vivir, se envenenan de a poco, picoteando matarratas o dando mordiscos vigorosos a un bizcocho espolvoreado con arsénico.
Solo a ustedes -la tribu más hermosa que se haya extinguido jamás- pertenece la cólera, la primera palabra sobre la que alguien levantó el acantilado de la literatura.  

(*) Félix Romeo. ¿Por qué escribo? (Xordica, 2013)
(*) Chusé Izuel. Genios o enamorados.

domingo, 10 de agosto de 2014

Hombre solo que camina

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Cómo camina un hombre una mañana de domingo por la plaza Santa Bárbara. Cómo demuele el sol del verano con sus botas gastadas. De qué forma tritura la canícula, con las mandíbulas apretadas –siempre apretadas-, mientras empuja con desaliento el paso cansado de alguien que –a mí me da por pensar- no desea llegar a ningún lugar. 
Lo veo avanzar, dueño de la imagen gastada de quien sostuvo un Dry Martini -el único mar que tiene Madrid, dijo él alguna vez-. Cubiertos los ojos con unas Ray Ban Warefarer, la mano derecha ocupada con una bolsa de Primark y la izquierda con una cajetilla de tabaco –la marca de siempre, Camel Blue-. Y en su paso perdido hay algo de Saúl Trífero, acaso del Sebastián que no sabe bailar, incluso del Zazà jubilado o de la Cordelia que esta mañana se esfuma en el aire… como un hartazgo.   
Dudo si ponerme de pie, acaso atravesarme, improvisar  el incordio de un saludo que será anónimo –hay quienes nunca tenemos nombre en el recuerdo de otro-. Y sin embargo, me mantengo en el banco metálico de respaldar incómodo, mientras sigo con la mirada su paso estropeado. 
Hombre de cejas furiosas y tatuajes sin brillo; dueño permanente de una voz que a mi me parece trueno en el papel, aunque en la vida real sea, solo, el sonido gangoso de una voz nasal. 
¿Cómo camina un hombre solo una mañana de domingo por la plaza Santa Bárbara? Pues parece que así: a vueltas con algo parecido al cansancio; el resoplido agotado de las demoliciones que brillan, como los columpios sin niños y las mesas de terrazas que relucen bajo el sol en un domingo de verano con gente sin nombre y calles con perros. 
No hay quien quite la sal a este mar que lame las aceras de Madrid y que se descuelga, siempre, de la copa de un Martini que acabó ya hace mucho tiempo.