miércoles, 11 de junio de 2014

Desangrarse en un charco de jugo de guayaba

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Me toqué el entrecejo, varias veces. Sabía que esa noche tampoco dormiría, como la anterior a esa; y la anterior a la anterior. Durante el insomnio todo es impar. Y a mí los nones no me gustan. Sólo lo que puedo dividir sin decimales me tranquiliza.
De aquella noche –pensé- solo podría extraer un jugo cansado, amargo como lucen los días en los vagones de metro. Me fui a la cama, arrastrando consonantes y frotándome el entrecejo, como si intentara borrar algo claveteado con fuerza. Casi con la angustia con la que de pequeña rascaba mi frente los miércoles de ceniza.
Pero dormí. Sí, ocurrió. Soñé con mi ciudad, Caracas. Recorría tiendas vacías en un centro comercial con vitrinas relucientes.  Creo que buscaba a mi hermana, a quien imaginaba visitando establecimientos para comprar algo –en la vida real no se consigue casi nada-.
En mi raro paseo, un hombre con un revólver escondido en su bolsillo me vigilaba. Yo sabía que llevaba uno –sí, pensé como se piensa en los sueños, con esa certeza de tragedia griega-. Pero no me importó. Yo sólo quería encontrar a mi hermana.
El hombre con el revólver se acercó a mí. Era grueso, casi fofo. Su sobrepeso remarcaba todavía más la empuñadura del arma, que –ahora sí- sobresalía del bolsillo. Apenas me miró. Entonces sacó su pistola. 
Era un oscuro revolver de tambor – un 38, un arma de policía-. Y entonces lo hizo. Me descerrajó  un tiro en la frente. “Toma, catira, un disparo”, dijo justo antes de apretar el gatillo. En mi ciudad, a las rubias les llaman catiras.
No recuerdo si caí al suelo. Sé que tenía miedo. Sabía que, de no sobrevivir, no encontraría a mi hermana. Si simulo mi muerte, quizá viva; razoné. Y ahí me quedé, en los pasillos de un centro comercial, mientras un pulposo jugo manaba de mi frente.
La hemorragia no era roja. No olía a metal. No tenía la gravedad de los crímenes ni las desgracias. De mi frente no salía sangre sino jugo de guayaba, la fruta más dulce y agusanada que un niño haya probado jamás.  Aquella, siempre aporreada en los abastos, con la que mi abuela componía un azucarado brebaje que yo bebía a morro –y a escondidas- asomada a la nevera.También hacía con ellas un potente dulce, de melao rosa, que mi madre guardaba como un bien valioso. Lo era.
En el sueño el adormecimiento sobrevenía. Ocurría con la sensación placentera que tienen las ráfagas de calor en las ciudades con valle. Porque si algo recuerdo de las guayabas era aquella propiedad de darse contra el suelo como ninguna otra fruta. Con un golpe pocho y sordo; empalagoso, como el sonido que producen las cosas maduras al estrellarse contra un patio de cemento. Así han de sonar los corazones cuando no laten.
No recuerdo si viví o no. Sólo sé que me levanté acariciándome el entrecejo claveteado por el disparo que me propinó en sueños un hombre obeso. Me levanté de la cama, deletreando, de a poco, la palabra catira… un sustantivo artificioso, que nombra a las que nos teñimos el cabello y escondemos las cosas a gritos.

domingo, 8 de junio de 2014

Genios o enamorados

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Hace unas semanas fui a ver una película. Más que una historia, eran varias. Entre una y otra, el realizador aparecía; hacía y decía cosas. A veces cruzaba como un fantasma sosteniendo un largo micrófono; en otras hacía sonar una claqueta que acotaba un tiempo que no era tal; que no transcurría; un tiempo controlado de antemano, un hilo raro de historias que eran –y a la vez no- la misma: un grupo de actores alrededor de León,  un director joven que quiere hacer una película sobre el suicidio.
Me gustaron los recorridos que hacían los protagonistas por mi barrio; la larga caminata con la que cruzan de madrugada la Plaza Mayor y por la que se pierden entre antenas de televisión, como esas que perseguían a Mastroiani cuando alguien dejaba un mensaje de voz en Estamos todos bien. Estaba rodada en blanco y negro. Cada historia suponía una estampa. Un chico y una chica que se parten la caja con un tetrabrik a la hora del desayuno; una actriz que canta borracha, sentada sobre una barra después de sorber fideos en un japonés; amigos que se llevan la contraria al momento de pagar la cuenta en un bar al que voy a menudo… Una vida sin consonantes –las consonantes como los elefantes me obsesionan- y que para resumir tendría que valorar. Algo que no deseaba hacer, ni ese día ni hoy.
La película, de Jonás Trueba, se llamaba Los ilusos. Y fui a verla por la misma razón por la que hoy deseo licuarme de a poco en el sofá: quería una explicación, una consonante, la esquirla de un espejo dónde verse retratado. El filme se publicó junto a un libro, también de Trueba: Las ilusiones (Periférica).
Leí el texto del tirón. Lo subrayé, varias veces; sobre todo en las partes dedicadas a Roberto Juarroz. En sus páginas, como en la película, entraban y salían anotaciones, impresiones, folios de una Moleskine imaginaria que podría haber sido la mía; la de alguien más. Al salir del cine, al cerrar el libro, sentí lo mismo: tenía en las manos un artefacto, un artificio. Algo que parece y podría ser real; algo que, para existir, debe atravesar el largo desierto de la creación, ese medano donde encallan y se estropean las ideas. Porque en el fondo partimos de eso: de una ilusión, es decir, un algo sugerido por la imaginación o causado por engaño de los sentidos, pero también aquella otra cosa que se aloja en la esperanza.
Tumbados en una cama, el protagonista, León –el que quiere hacer una película sobre el suicidio-, y una actriz –la que sorbía fideos, la que cantaba en una barra, la que hacía cursos para prepararse a las audiciones en las que no la cogen- hablan desnudos. Él lee en voz altas pasajes de un libro que ella escucha mientras, me da a mí por pensar, se muere de frío, un frío que comienzo a creer que no proviene de la imagen, ni siquiera del blanco y del negro, sino de las palabras que León pronuncia.
“Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aun, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada”.
Ese párrafo lo atribuyó Félix Romeo a su amigo Chusé Izuel, el escritor que recién cumplía los 24, el mismo que decidió acabar con su vida saltando desde un balcón y al que él dedicó su novela Amarillo.  Una a una, sus palabras se quedaron pegadas a la ropa como un olor o una intención. Al día siguiente lo busqué en Internet. Apenas conseguí un fragmento. Pero con eso me bastó. Lo copié en el portapapeles y lo guardé en un documento en blanco, donde permaneció hasta hoy.  Entonces releo, en voz alta.  Genios o enamorados “O una cosa u otra, imposible ambas”. Me balanceo en la doble idea de la ilusión como espejismo y esperanza. Me columpio. Confecciono mi balcón imaginario, deletreo el largo desierto que existe entre una idea y su forma final, ese que separa lo que esperamos de lo que obtenemos. 
Genios o enamorados... Me levanto de la silla y me asomo a la ventana con una sola certeza. Si la escritura fuera lo que ansío -lo que espero-, si con ella pudiésemos realmente corregir o enmendar, a Izuel habría que escribirle una vida en la que fuese posible volar. Pero no es posible. Por eso, a veces yo también, ni tengo ni espero nada. Me doy la vuelta, recorro con la mirada una biblioteca a la que le crecen torres apiladas de libros. Genios o enamorados… Cuál será esa parte del espejo -de la vida- donde se pueden ser las dos cosas a la vez, me pregunté entonces y ahora. Nos pasa a los ilusos: "nos gusta mucho especular".

martes, 20 de mayo de 2014


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En días como hoy, el 26 pasa cada ocho o diez minutos. Mientras ese tiempo transcurre, hago lo que siempre: inspecciono la rotonda, acumulo en mi mente un número razonable de cosas por hacer, examino mi silencio el tiempo que dura en desinflarse un suspiro. Me saco de los bolsillos motivos, como quien rasca monedas al final de un una billetera. Pienso en algo parecido a una manta y entonces pasa lo que pasa: cruza frente a mi un raro trencito de turistas que pedalean; se desarma de un golpe el reloj de Atocha y voy quedándome sin ideas, sin nada qué decir. Levanto la vista. Me dejo abatir. Subo al autobús pensando que hay cosas que deberían ser distintas y otras que ya lo son. Y me quedo ahí, redondeando esa idea con la yema de los dedos. Me dejo licuar, de a poco. El 26 sube Atocha dando pesados tirones.
Hay cosas que deberían de ser distintas y otras que ya lo son.  

sábado, 29 de marzo de 2014

La cara B del látigo de Capote

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Todos los días me levanto con el mismo miedo. “No seré capaz”. Se esparce entonces en mi mente, enchumbadita, aquella nube que comenzó a condensarse en mi cabeza cuando entré al colegio en primer grado. Tenía seis años y una debilidad extrema por la gomina (ni un cabello chusco debía sobresalir de mi coleta).
En aquel entonces, sacar buenas notas, en lugar de hacerme sentir bien, me generaba una angustia terrible. “¿Podré mantener esa nota los próximos trimestres?”.  Aquella desazón, de la que no tengo un recuerdo previo sino hasta los años del colegio,  se inauguró justo el día en que comencé a utilizar uniforme de pantalón azul marino, mocasines negros y suéter de la marca arena con el anagrama del colegio.
Desde ese entonces, acaso por la confusión entre lo que me gusta y lo que debo hacer, hago las cosas con una angustia secreta, una desazón que parpadea sin parar, como un anuncio de neón de los noventa. Como si, en la mente, una voz me hablara a gritos. Algo así como un cabo o un general con fusta, que a veces se va de paseo pero vuelve al rato más enfurecido todavía. “¿Es que no has terminado aun?”, grita en alemán. Aunque, claro está, yo no hablo alemán. Pero me hago la idea de cuan terrible debe sonar.
Por eso me gustó tanto el Bartleby de Melville remasticado por Vila Matas. Porque esa idea –“preferiría no hacerlo”- compite en mi cabeza con su opuesto. Y entre querer y no querer, entre deseo y deber,  algo se deja colar. Y entonces hago lo que me toca –leer, escribir, levantarme de la cama, salir a la calle-. Pero siempre con esa desazón sobre lo que es o no suficientemente bueno. Y yo nunca he sentido que algo haya alcanzado jamás la suficiencia.
Es tópico, ya lo sé, pero la frase de Truman Capote –esa que afirma que cuando Dios te da un don, te da un látigo, para que te azotes con él- fue uno de mis peores  descubrimientos morales. No estaba yo segura de tener un don –a ratos lo pienso, a ratos no- pero si de algo tenía certeza era de la existencia del látigo. Desde entonces nunca lo suelto. A diferencia de la gomina, no dejé de usarlo jamás.  De hecho, lo tengo aquí, a mi lado.
La gente con certezas me genera ansiedad. Y aunque sé que me engañan, que no están tan seguros como parece –si citan a Baudrillard lo descubro al instante-,  me ponen a la defensiva. Quizá por eso, la mayoría de las veces, en lugar de preguntar afirmo, como si atacando me protegiese, como si espantando –de la boca para afuera- la duda, apagara por unos instantes el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz? ¿serás capaz? ¿no serás capaz?-. En una ocasión no pude apretar el interruptor. Y pasó lo que pasó.
Fue en una conversación con Leila Guerriero. Yo acababa de leer su texto sobre el bovarismo. Me encontraba muy revuelta y acudí a la cita con el veneno circulando en mi sangre. Sé que mantuve el tipo el tiempo que duró el encuentro. Al salir, camino al metro de Gran Vía, me eché a llorar y fui caminando hasta la estación dejando un reguero de trocitos. Me sentí cansada, agotada -como hoy-. No sé si porque ese día percibí en el corazón de la argentina trazas de gomina; acaso porque me di cuenta de que ella también hacía uso de un látigo invisible o, en última y más probable instancia, porque su texto seguía emponzoñando mi pecho pequeño y huesudo.
Desde hace tiempo tengo la manía -como aquello de las certezas- de desconfiar de los que solo usan ropa con manga larga. Acaso porque me da por pensar que disimulan cortes, heridas hechas a conciencia y con voluntad en una habitación en la que nadie los ve. Cuántos de nosotros usamos manga larga, aun vistiendo camiseta de tirantes.  
Vienen a mi mente estas cosas por un motivo. Desde hace al menos un mes leo y releo un libro llamado Por qué escribo (Xordica), de Félix Romeo. El texto que da nombre al libro es uno de los más hermosos que he leído jamás. Si yo tuviera el valor que ese texto me infunde, estoy segura de que habría cogido un avión en la T4, me habría alistado en una guerra o me habría hecho apresar después de echarle jabón a la Cibeles. Es algo, una euforia limpia y bonita, de esas que sólo producen el enamoramiento y el entendimiento –en ambas cosas hay una rara luz-. El texto de Romeo es la cara B del látigo de Capote.
Si a mis 16 o 17 hubiese leído ese texto de Romeo, a lo mejor hoy sería más valiente, mejor lectora; de haberlo conseguido, quizá habría ocurrido el milagro; quizá el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz?- se habría apagado definitivamente y el sargento alemán no pasaría revista en mi cabeza. Pero era imposible. Ni yo conocía al aragonés ni él había escrito esas páginas todavía.  Y así como la Emma Bovary de Guerriero me paralizó –acaso porque un poquito de arsénico en las comisuras me delata a mí también como una insatisfecha comedora de veneno-, las razones de Romeo me dan ganas de eso: de vivir, de entender, de apagar el interruptor. Yo sólo espero que alguien de 16 lo consiga a él antes que a Capote.

viernes, 28 de marzo de 2014

Manzanas verdes

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De un tiempo a esta parte, cuando veo manzanas verdes, pienso en mi hermana. Las odia. Y razones no le faltan. Son ácidas, bastante más duras que el resto e incluso tienen la propiedad de azotar los dientes solo como el papel aluminio lo hace con las amalgamas de los dientes.
Compro manzanas a diario, siempre dos. Golden Royal, las amarillas.  Mientras las escojo en la frutería de mi barrio, repaso con la mirada los muchos otros tipos que se ofrecen lustrosas y muy ordenaditas en bandejas de papel: la roja tipo Blancanieves; las Fuji; la variante amarilla lowcost de la Golden Royal; las reinetas… y al tropezarme con las verdes, invariablemente, pienso en mi hermana.
 Desde hace ya muchos meses, es poco lo que se consigue en Caracas. Todo escasea –el gobierno, la ley, el orden, la justicia, el respeto-, pero en los anaqueles de los supermercados el asunto se vuelve mucho más concreto y justamente por eso más grave.
La última vez que nos vimos, hace ya un par de meses, mi hermana y yo solíamos hacer el mismo recorrido, una peregrinación minuciosa por los distintos automercados para buscar en cuál de todos habría papel higiénico, leche, detergente, azúcar, café, aceite, harina, servilletas... Casi nunca conseguíamos lo que buscábamos, acaso sucedáneos. Volvíamos a casa después de hacer una larga cola para pagar los diez artículos permitidos por persona.
En esos días, mi hermana compraba manzanas rojas, de esas que tienen una textura porosa y una cáscara a veces borgoña, a veces amoratada. No eran las mejores, pero al menos se conseguían. Desde hace unas semanas desaparecieron. Sólo hay verdes. Manzanas verdes. Ácidas manzanas verdes.
Por eso cuando escojo fruta, siento el impulso de comprar manzanas rojas. Quizás porque ese gesto me hace pensar que la haría feliz. Pero no llevo ninguna, solo las dos de siempre, las meto directamente en el bolso. Antes usaba bolsitas transparentes; ahora no: contaminan –eso lo aprendí de ella-.
Salgo de la frutería pensando, siempre, lo mismo: a mi hermana solo le quedan manzanas ácidas, duras, pequeñas. Manzanas injustas. Entonces la imagino, incansable, al volante de su carrito azul. Intento pensar qué siente cuando no puede llegar a su casa porque una manifestación ha cortado el paso o una manada de Guardias Nacionales dispara gases lacrimógenos contra el edificio en el que vive. A veces me da por preguntarme si estará haciendo sus experimentos o si cruza la autopista; si ha ido a las reuniones en las que, me cuenta, algunos de sus colegas comparten la angustia del hijo preso o aporreado, o acaso a las muchas marchas a las que asiste –nunca ha dejado de acudir-.
De noche, con los ojos muy abiertos por el insomnio, me pregunto qué hace, dónde estará, si estará bien, si alguien la sigue, si podrían robarla o hacerle algo. Me la imagino, sola, recorriendo supermercados de anaqueles vacíos y haciendo una larga cola en la que conseguirá poquísimas cosas. Comienzo a dar vueltas en la cama. La mente se dispara paranoica y temerosa, en la oscuridad de una madrugada lenta y chiclosa.
Entonces me repito, con cierta ingenuidad y estupidez, que mañana -mañana sí-, compraré manzanas rojas. Al menos una dulce y jugosa, tan distinta de las verdes, esas piedras ácidas que mi hermana masticará, acaso acostumbrada ya a la cáscara agria que recubre los días en Venezuela.

domingo, 9 de marzo de 2014

Va, pensiero

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Para ti, que me enseñaste a escucharla.
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Un Quijote convertido en guiñol pide que el ministro Wert sea llevado al Tribunal Internacional de La Haya. No sabe uno si el asunto da para tanto, pero casi. A su alrededor, un grupo de niños no muy convencidos miran al  octogenario titiritero con cara de terror. Son las once de una mañana con sol y algo parecido al buen tiempo. El Paseo Recoletos está lleno, a ratos. Más de 80 asociaciones ligadas al teatro, el cine o la música han convocado una manifestación por la“dignidad” de la cultura, uno de los muchos sectores afectados no sólo por los recortes sino también por el aumento de hasta 13 puntos -en el caso del cine y el teatro- en la reforma fiscal que el gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha en 2012. Los peluqueros y las funerarias sufrieron el mismo revés. Pero ya se sabe, la gente puede elegir no asistir a un concierto, pero no detener el crecimiento del cabello o la llegada de la muerte.
Emparentada con las protestas que han hecho sectores como el educativo o médico en los últimos meses, y que se han bautizado como mareas, esta ha decidido llamarse Marea roja. Y no sabe uno si es porque lo cultural, de forma atávica y casi peyorativa, ha sido considerado en España un territorio de la izquierda, de progres y rojos, o porque el color algo dice de cualquier acto creativo. En tal caso, esta no ha sido ni marea, ni roja; y no por hacerle de menos a los artistas, sino porque la última cosa parecida a un oleaje de semejante color en el Paseo Recoletos ocurrió cuando España ganó la Eurocopa por segunda vez consecutiva, en 2012. Que no pasa nada. Que no hay por qué darse golpes de pecho ante el hecho de que el fútbol atraiga a más gente; así que de Marea Roja la cosa pasa más bien a poza pintona.
Subo y bajo por el Paseo Recoletos. Un grupo de alumnos de conservatorios ejecutan melodías amables, de esas que la gente escucha por absorción –Albinoni en su mayoría-. En otro escenario, algo más abajo, un hombre aporrea un cajón y una niña improvisa malabares. Un sonidito de organillo, acaso de paso doble y feria, hace que todo parezca confuso, casi folklórico. Camino sin convicción. Y no porque no crea en lo que dicen –vivo de esto, soy periodista cultural- sino porque un tufillo extraño tiñe el ambiente.
Escoltado por un hombre que le da vigorosas palmadas y le llama candidato, el diputado de Izquierda Unida, Cayo Lara, baja dando zancadas. Me acerco e interrumpo su paseo. Él piensa que deseo un abrazo. O una foto. Y en verdad no sé si lo que deseo es preguntarle cómo es posible que su partido acepte dinero del gobierno venezolano –lo más lejano al progresismo que existe en el mundo- o si preferiría pedirle de regalo para mi padre el pin que lleva puesto. Opto por la segunda opción, es menos complicada, más neutra . El pin en cuestión es una bandera republicana hecha con lápices, un guiño a mi padre -y su fascinación por lo que esos colores significaron alguna vez- y también al acto independiente que un objeto para escribir encierra. Le pido el pin a Cayo Lara, quien me sonríe con una dentadura inverosímil, como de hormigón. Lo siente, sólo tiene ese. El hombre de las palmadas sigue llamándole candidato y yo quiero fumar. Me alejo. Él se queda,  con su pin prendido en el ojal de la americana, y recibiendo el round de peloteo de su compañero de paseo.
Una vez en Cibeles, dudo. ¿Subo y me hago con un sitio para lo que realmente he venido a ver o me siento a leer en un parterre bajo el sol? Decido hacer ambas cosas: subo a escoger un buen lugar desde donde escuchar la versión de Va pensiero que interpretarán la Orquesta Sinfónica y el Coro de Ciudad Real y me siento en el borde de una acera. Abro entonces el libro de Félix Romeo que desde hace días leo y releo. El ejemplar es amarillo y muestra al escritor aragonés, vestido de negro, de pie y muy erguido, mientras tapa uno de sus ojos con una mano. Por qué escribo (Xordica), reza el título, es una recopilación de los textos que publicó en prensa Romeo antes de morir. Me detengo en uno, titulado El cielo no se desploma, en el que Romeo habla de cómo a la escritora húngara Agota Kristof la risa le permitió darse cuenta de que el mundo seguía girando tras la muerte de Stalin. A mi lado dos señoras intentan fotografiarse con un teléfono móvil. “Que está muy de moda, pero es demasiado difícil”, dice una de ellas tratando de hacer el selfie dominical. Tendrán ambas la edad de mi madre. Ayer hablé con ella. Me contó que llevaba ya 15 días sin salir de casa y que ahora, a diferencia de unos días, la Guardia Nacional estaba entrando a la fuerza a las casas y los edificios a llevarse presos a los estudiantes que han participado en lasprotestas caraqueñas de las últimas tres semanas, que ya acumulan 21 muertos. Sé que a ella le gustaría estar aquí. Ama el Nabucco y si a mí también me gusta es gracias a ella. Y sé que a ella, como a mí, el Va pensiero –el canto de los esclavos- que está por sonar significa cosas muy distintas de lo que para la gente aquí reunida.
Leo y espero bajo el sol. Transcurre media hora. Comienzan a llegar los músicos. El coro. Los manifestantes. Alcalá está, ahora sí, apretada y concurrida. Apenas y puedo moverme. El maestro de ceremonias sube al escenario. Y la gente aplaude, grita Sí se puede, Sí se puede, Sí se puede. Miguel Ríos lee un comunicado. Exige al Estado garantizar la cultura como derecho. Y sí, razón podrá tener, pero parpadea en mi cabeza la idea de que una cultura capaz de financiarse a sí misma es más independiente que esa otra que crece con dinero público. Pero yo no he venido a esto. Sólo a escuchar una melodía. He venido a hacer lo que siempre cuando quiero ver a mi madre: escuchar opera. Quienes arengan callan y un coro soleado emprende la que sigo pensando es una de las más hermosas composiciones que he escuchado jamás: “Va, pensiero, sull'alidorate” (Ve, pensamiento, con alas doradas…)
Y aunque el coro del tercer acto habla en verdad del pueblo judío y fue escrito por Verdi en la Italia de la unificación, hay en esas palabras una astilla propicia para arder en cualquier época. “Oh mia patria sìbella e perduta!/ O membranza sì cara e fatal!”. (¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!/ ¡Oh recuerdo tan querido y tan fatal!). Que hable de las orillas del Jordán y las torres derruidas de Sión puede que sea lo de menos. Va, pensiero es la melodía de la pérdida. Los judíos añoran su tierra, como otros la suya. Ellos atraviesan el largo exilio cantando mientras les exhortan a tener fe: Dios destruirá Babilonia. Y quizás por eso, por la idea confusa que producen juntas la fe y la distancia, la pérdida y la persistencia, al escucharla, los pulmones se llenan de aire y las ganas de cantar se confunden con las de gritar. Pero hoy no grito. Me mantengo de pie. Con una mano  sostengo el móvil con el que grabo un vídeo para que mi madre lo escuche y con la otra me limpio dos potentes lágrimas que me bajan por la mejilla. “Va, pensiero, sull'ali dorate”. Las señoras que intentaban fotografiarse me miran. No entienden por qué lloro. Mejor así. Mejor.