sábado, 29 de marzo de 2014

La cara B del látigo de Capote

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Todos los días me levanto con el mismo miedo. “No seré capaz”. Se esparce entonces en mi mente, enchumbadita, aquella nube que comenzó a condensarse en mi cabeza cuando entré al colegio en primer grado. Tenía seis años y una debilidad extrema por la gomina (ni un cabello chusco debía sobresalir de mi coleta).
En aquel entonces, sacar buenas notas, en lugar de hacerme sentir bien, me generaba una angustia terrible. “¿Podré mantener esa nota los próximos trimestres?”.  Aquella desazón, de la que no tengo un recuerdo previo sino hasta los años del colegio,  se inauguró justo el día en que comencé a utilizar uniforme de pantalón azul marino, mocasines negros y suéter de la marca arena con el anagrama del colegio.
Desde ese entonces, acaso por la confusión entre lo que me gusta y lo que debo hacer, hago las cosas con una angustia secreta, una desazón que parpadea sin parar, como un anuncio de neón de los noventa. Como si, en la mente, una voz me hablara a gritos. Algo así como un cabo o un general con fusta, que a veces se va de paseo pero vuelve al rato más enfurecido todavía. “¿Es que no has terminado aun?”, grita en alemán. Aunque, claro está, yo no hablo alemán. Pero me hago la idea de cuan terrible debe sonar.
Por eso me gustó tanto el Bartleby de Melville remasticado por Vila Matas. Porque esa idea –“preferiría no hacerlo”- compite en mi cabeza con su opuesto. Y entre querer y no querer, entre deseo y deber,  algo se deja colar. Y entonces hago lo que me toca –leer, escribir, levantarme de la cama, salir a la calle-. Pero siempre con esa desazón sobre lo que es o no suficientemente bueno. Y yo nunca he sentido que algo haya alcanzado jamás la suficiencia.
Es tópico, ya lo sé, pero la frase de Truman Capote –esa que afirma que cuando Dios te da un don, te da un látigo, para que te azotes con él- fue uno de mis peores  descubrimientos morales. No estaba yo segura de tener un don –a ratos lo pienso, a ratos no- pero si de algo tenía certeza era de la existencia del látigo. Desde entonces nunca lo suelto. A diferencia de la gomina, no dejé de usarlo jamás.  De hecho, lo tengo aquí, a mi lado.
La gente con certezas me genera ansiedad. Y aunque sé que me engañan, que no están tan seguros como parece –si citan a Baudrillard lo descubro al instante-,  me ponen a la defensiva. Quizá por eso, la mayoría de las veces, en lugar de preguntar afirmo, como si atacando me protegiese, como si espantando –de la boca para afuera- la duda, apagara por unos instantes el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz? ¿serás capaz? ¿no serás capaz?-. En una ocasión no pude apretar el interruptor. Y pasó lo que pasó.
Fue en una conversación con Leila Guerriero. Yo acababa de leer su texto sobre el bovarismo. Me encontraba muy revuelta y acudí a la cita con el veneno circulando en mi sangre. Sé que mantuve el tipo el tiempo que duró el encuentro. Al salir, camino al metro de Gran Vía, me eché a llorar y fui caminando hasta la estación dejando un reguero de trocitos. Me sentí cansada, agotada -como hoy-. No sé si porque ese día percibí en el corazón de la argentina trazas de gomina; acaso porque me di cuenta de que ella también hacía uso de un látigo invisible o, en última y más probable instancia, porque su texto seguía emponzoñando mi pecho pequeño y huesudo.
Desde hace tiempo tengo la manía -como aquello de las certezas- de desconfiar de los que solo usan ropa con manga larga. Acaso porque me da por pensar que disimulan cortes, heridas hechas a conciencia y con voluntad en una habitación en la que nadie los ve. Cuántos de nosotros usamos manga larga, aun vistiendo camiseta de tirantes.  
Vienen a mi mente estas cosas por un motivo. Desde hace al menos un mes leo y releo un libro llamado Por qué escribo (Xordica), de Félix Romeo. El texto que da nombre al libro es uno de los más hermosos que he leído jamás. Si yo tuviera el valor que ese texto me infunde, estoy segura de que habría cogido un avión en la T4, me habría alistado en una guerra o me habría hecho apresar después de echarle jabón a la Cibeles. Es algo, una euforia limpia y bonita, de esas que sólo producen el enamoramiento y el entendimiento –en ambas cosas hay una rara luz-. El texto de Romeo es la cara B del látigo de Capote.
Si a mis 16 o 17 hubiese leído ese texto de Romeo, a lo mejor hoy sería más valiente, mejor lectora; de haberlo conseguido, quizá habría ocurrido el milagro; quizá el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz?- se habría apagado definitivamente y el sargento alemán no pasaría revista en mi cabeza. Pero era imposible. Ni yo conocía al aragonés ni él había escrito esas páginas todavía.  Y así como la Emma Bovary de Guerriero me paralizó –acaso porque un poquito de arsénico en las comisuras me delata a mí también como una insatisfecha comedora de veneno-, las razones de Romeo me dan ganas de eso: de vivir, de entender, de apagar el interruptor. Yo sólo espero que alguien de 16 lo consiga a él antes que a Capote.

viernes, 28 de marzo de 2014

Manzanas verdes

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De un tiempo a esta parte, cuando veo manzanas verdes, pienso en mi hermana. Las odia. Y razones no le faltan. Son ácidas, bastante más duras que el resto e incluso tienen la propiedad de azotar los dientes solo como el papel aluminio lo hace con las amalgamas de los dientes.
Compro manzanas a diario, siempre dos. Golden Royal, las amarillas.  Mientras las escojo en la frutería de mi barrio, repaso con la mirada los muchos otros tipos que se ofrecen lustrosas y muy ordenaditas en bandejas de papel: la roja tipo Blancanieves; las Fuji; la variante amarilla lowcost de la Golden Royal; las reinetas… y al tropezarme con las verdes, invariablemente, pienso en mi hermana.
 Desde hace ya muchos meses, es poco lo que se consigue en Caracas. Todo escasea –el gobierno, la ley, el orden, la justicia, el respeto-, pero en los anaqueles de los supermercados el asunto se vuelve mucho más concreto y justamente por eso más grave.
La última vez que nos vimos, hace ya un par de meses, mi hermana y yo solíamos hacer el mismo recorrido, una peregrinación minuciosa por los distintos automercados para buscar en cuál de todos habría papel higiénico, leche, detergente, azúcar, café, aceite, harina, servilletas... Casi nunca conseguíamos lo que buscábamos, acaso sucedáneos. Volvíamos a casa después de hacer una larga cola para pagar los diez artículos permitidos por persona.
En esos días, mi hermana compraba manzanas rojas, de esas que tienen una textura porosa y una cáscara a veces borgoña, a veces amoratada. No eran las mejores, pero al menos se conseguían. Desde hace unas semanas desaparecieron. Sólo hay verdes. Manzanas verdes. Ácidas manzanas verdes.
Por eso cuando escojo fruta, siento el impulso de comprar manzanas rojas. Quizás porque ese gesto me hace pensar que la haría feliz. Pero no llevo ninguna, solo las dos de siempre, las meto directamente en el bolso. Antes usaba bolsitas transparentes; ahora no: contaminan –eso lo aprendí de ella-.
Salgo de la frutería pensando, siempre, lo mismo: a mi hermana solo le quedan manzanas ácidas, duras, pequeñas. Manzanas injustas. Entonces la imagino, incansable, al volante de su carrito azul. Intento pensar qué siente cuando no puede llegar a su casa porque una manifestación ha cortado el paso o una manada de Guardias Nacionales dispara gases lacrimógenos contra el edificio en el que vive. A veces me da por preguntarme si estará haciendo sus experimentos o si cruza la autopista; si ha ido a las reuniones en las que, me cuenta, algunos de sus colegas comparten la angustia del hijo preso o aporreado, o acaso a las muchas marchas a las que asiste –nunca ha dejado de acudir-.
De noche, con los ojos muy abiertos por el insomnio, me pregunto qué hace, dónde estará, si estará bien, si alguien la sigue, si podrían robarla o hacerle algo. Me la imagino, sola, recorriendo supermercados de anaqueles vacíos y haciendo una larga cola en la que conseguirá poquísimas cosas. Comienzo a dar vueltas en la cama. La mente se dispara paranoica y temerosa, en la oscuridad de una madrugada lenta y chiclosa.
Entonces me repito, con cierta ingenuidad y estupidez, que mañana -mañana sí-, compraré manzanas rojas. Al menos una dulce y jugosa, tan distinta de las verdes, esas piedras ácidas que mi hermana masticará, acaso acostumbrada ya a la cáscara agria que recubre los días en Venezuela.

domingo, 9 de marzo de 2014

Va, pensiero

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Para ti, que me enseñaste a escucharla.
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Un Quijote convertido en guiñol pide que el ministro Wert sea llevado al Tribunal Internacional de La Haya. No sabe uno si el asunto da para tanto, pero casi. A su alrededor, un grupo de niños no muy convencidos miran al  octogenario titiritero con cara de terror. Son las once de una mañana con sol y algo parecido al buen tiempo. El Paseo Recoletos está lleno, a ratos. Más de 80 asociaciones ligadas al teatro, el cine o la música han convocado una manifestación por la“dignidad” de la cultura, uno de los muchos sectores afectados no sólo por los recortes sino también por el aumento de hasta 13 puntos -en el caso del cine y el teatro- en la reforma fiscal que el gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha en 2012. Los peluqueros y las funerarias sufrieron el mismo revés. Pero ya se sabe, la gente puede elegir no asistir a un concierto, pero no detener el crecimiento del cabello o la llegada de la muerte.
Emparentada con las protestas que han hecho sectores como el educativo o médico en los últimos meses, y que se han bautizado como mareas, esta ha decidido llamarse Marea roja. Y no sabe uno si es porque lo cultural, de forma atávica y casi peyorativa, ha sido considerado en España un territorio de la izquierda, de progres y rojos, o porque el color algo dice de cualquier acto creativo. En tal caso, esta no ha sido ni marea, ni roja; y no por hacerle de menos a los artistas, sino porque la última cosa parecida a un oleaje de semejante color en el Paseo Recoletos ocurrió cuando España ganó la Eurocopa por segunda vez consecutiva, en 2012. Que no pasa nada. Que no hay por qué darse golpes de pecho ante el hecho de que el fútbol atraiga a más gente; así que de Marea Roja la cosa pasa más bien a poza pintona.
Subo y bajo por el Paseo Recoletos. Un grupo de alumnos de conservatorios ejecutan melodías amables, de esas que la gente escucha por absorción –Albinoni en su mayoría-. En otro escenario, algo más abajo, un hombre aporrea un cajón y una niña improvisa malabares. Un sonidito de organillo, acaso de paso doble y feria, hace que todo parezca confuso, casi folklórico. Camino sin convicción. Y no porque no crea en lo que dicen –vivo de esto, soy periodista cultural- sino porque un tufillo extraño tiñe el ambiente.
Escoltado por un hombre que le da vigorosas palmadas y le llama candidato, el diputado de Izquierda Unida, Cayo Lara, baja dando zancadas. Me acerco e interrumpo su paseo. Él piensa que deseo un abrazo. O una foto. Y en verdad no sé si lo que deseo es preguntarle cómo es posible que su partido acepte dinero del gobierno venezolano –lo más lejano al progresismo que existe en el mundo- o si preferiría pedirle de regalo para mi padre el pin que lleva puesto. Opto por la segunda opción, es menos complicada, más neutra . El pin en cuestión es una bandera republicana hecha con lápices, un guiño a mi padre -y su fascinación por lo que esos colores significaron alguna vez- y también al acto independiente que un objeto para escribir encierra. Le pido el pin a Cayo Lara, quien me sonríe con una dentadura inverosímil, como de hormigón. Lo siente, sólo tiene ese. El hombre de las palmadas sigue llamándole candidato y yo quiero fumar. Me alejo. Él se queda,  con su pin prendido en el ojal de la americana, y recibiendo el round de peloteo de su compañero de paseo.
Una vez en Cibeles, dudo. ¿Subo y me hago con un sitio para lo que realmente he venido a ver o me siento a leer en un parterre bajo el sol? Decido hacer ambas cosas: subo a escoger un buen lugar desde donde escuchar la versión de Va pensiero que interpretarán la Orquesta Sinfónica y el Coro de Ciudad Real y me siento en el borde de una acera. Abro entonces el libro de Félix Romeo que desde hace días leo y releo. El ejemplar es amarillo y muestra al escritor aragonés, vestido de negro, de pie y muy erguido, mientras tapa uno de sus ojos con una mano. Por qué escribo (Xordica), reza el título, es una recopilación de los textos que publicó en prensa Romeo antes de morir. Me detengo en uno, titulado El cielo no se desploma, en el que Romeo habla de cómo a la escritora húngara Agota Kristof la risa le permitió darse cuenta de que el mundo seguía girando tras la muerte de Stalin. A mi lado dos señoras intentan fotografiarse con un teléfono móvil. “Que está muy de moda, pero es demasiado difícil”, dice una de ellas tratando de hacer el selfie dominical. Tendrán ambas la edad de mi madre. Ayer hablé con ella. Me contó que llevaba ya 15 días sin salir de casa y que ahora, a diferencia de unos días, la Guardia Nacional estaba entrando a la fuerza a las casas y los edificios a llevarse presos a los estudiantes que han participado en lasprotestas caraqueñas de las últimas tres semanas, que ya acumulan 21 muertos. Sé que a ella le gustaría estar aquí. Ama el Nabucco y si a mí también me gusta es gracias a ella. Y sé que a ella, como a mí, el Va pensiero –el canto de los esclavos- que está por sonar significa cosas muy distintas de lo que para la gente aquí reunida.
Leo y espero bajo el sol. Transcurre media hora. Comienzan a llegar los músicos. El coro. Los manifestantes. Alcalá está, ahora sí, apretada y concurrida. Apenas y puedo moverme. El maestro de ceremonias sube al escenario. Y la gente aplaude, grita Sí se puede, Sí se puede, Sí se puede. Miguel Ríos lee un comunicado. Exige al Estado garantizar la cultura como derecho. Y sí, razón podrá tener, pero parpadea en mi cabeza la idea de que una cultura capaz de financiarse a sí misma es más independiente que esa otra que crece con dinero público. Pero yo no he venido a esto. Sólo a escuchar una melodía. He venido a hacer lo que siempre cuando quiero ver a mi madre: escuchar opera. Quienes arengan callan y un coro soleado emprende la que sigo pensando es una de las más hermosas composiciones que he escuchado jamás: “Va, pensiero, sull'alidorate” (Ve, pensamiento, con alas doradas…)
Y aunque el coro del tercer acto habla en verdad del pueblo judío y fue escrito por Verdi en la Italia de la unificación, hay en esas palabras una astilla propicia para arder en cualquier época. “Oh mia patria sìbella e perduta!/ O membranza sì cara e fatal!”. (¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!/ ¡Oh recuerdo tan querido y tan fatal!). Que hable de las orillas del Jordán y las torres derruidas de Sión puede que sea lo de menos. Va, pensiero es la melodía de la pérdida. Los judíos añoran su tierra, como otros la suya. Ellos atraviesan el largo exilio cantando mientras les exhortan a tener fe: Dios destruirá Babilonia. Y quizás por eso, por la idea confusa que producen juntas la fe y la distancia, la pérdida y la persistencia, al escucharla, los pulmones se llenan de aire y las ganas de cantar se confunden con las de gritar. Pero hoy no grito. Me mantengo de pie. Con una mano  sostengo el móvil con el que grabo un vídeo para que mi madre lo escuche y con la otra me limpio dos potentes lágrimas que me bajan por la mejilla. “Va, pensiero, sull'ali dorate”. Las señoras que intentaban fotografiarse me miran. No entienden por qué lloro. Mejor así. Mejor.

sábado, 15 de febrero de 2014

Llámame país: Tres estampas de invierno de lo que ocurre en Venezuela

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"El infierno, al fin y al cabo, no es más que el eterno segundo que uno pasa en el lugar que uno no cree que le corresponde. Y en ese lugar vivimos todos"

Ray Loriga.


Estampa #1

En Madrid llueve desde hace cinco o seis días. Un invierno puñetero, cenizo. Hace frío, claro. Pero un frío de esos que destemplan un poco más cuando se mezcla con otras cosas. Y en estos días pasan muchas.

-Mi madre ha ido a la carnicería. Sólo dejaban llevarse dos pollos por persona- digo.

-¿Y por qué no los compra por Internet?-me responde.

Una ráfaga de viento del invierno entra por la ventana, que está cerrada. Sigo cenando. Me concentro en trocear dos taquitos de pez espada que he comprado en La Sirena. Están algo pegajosos. Acaso poco hechos. Casi crudos. Mi corazón también.

Estampa #2

Llego a la redacción.  Me sacudo las astillas de hielo que comienzan a derretirse sobre el abrigo. Enciendo el ordenador. Actualizo la bandeja de entrada. Recibo el correo de un buen amigo español. Viaja a menudo a Venezuela; está bastante enterado de lo que ocurre. 
Leo: Me imagino que estarás conmovida por los sucesos que se desencadenan en tu país. Es terrible, pero estaba por venir, claro. Un algo de cariño y de puntilla me arropan y me joden, a la vez. Leo de nuevo. Me imagino que estarás conmovida… Mis ojos saltan hasta tu país, esa atribución que tiene  algo de esputo, de reproche y con el que suelen referirse los españoles a mi lugar de procedencia cuando de política y clichés se trata.

Avanzo, acumulo las palabras en la lectura continua de una línea sobre una pantalla blanca. Es terrible, pero estaba por venir, claro. Ese claro, descolgado tras una coma, me resulta todavía más hiriente. Me escuece como los abrazos de compañera de clase en colegio de monjas; cariño envenenado. Sé que no hay más que buenas intenciones en su breve carta y sin embargo, hago lo que puedo por sacar el arpón de mi costado.

Afuera hace un día color coleto. Ese gris de agua sucia de fregona que apesta levemente si te inclinas sobre el cubo. Entonces llego a una conclusión: No, no me conmociona. Lo que ocurre en mi país me jode. Me jode que mi madre consiga anaqueles vacíos y tenga que hacer trampas para llevarse más de paquetes de papel higiénico. Me jode que las pastillas de mi hermano no se consigan. Que a mi hermana la hayan asaltado. Que mis amigos me escriban preguntándose qué hay que hacer para irse, que mis profesores de la universidad de fotografíen sonrientes con una lata de leche en polvo entre las manos.  Sí, me jode.Pero todavía más no poder decir una palabra. La distancia es mi sello de extranjería en el pasaporte de los ciudadanos transparentes.

Estampa #3

Entro al tuiter. Empujo con la yema del dedo la columna del TL, incendiado a las once de la noche con las protestas en Caracas. Leo y empujo. Las palabras estallan como flashes de una cámara antigua. Enceguecidos fogozanos de polvo de magnesio. Balazos. Heridos. Fiscalía. Canal de televisión. Retirada la señal. Difundir, urgente: las estaciones de metro están cerradas. Democracia. Maduro. Régimen. País. Medios. Silencio. Cómplices
Hay tantas letras mayúsculas como gorjeos, trinos que a mí se me hacen infernales, algo así como la sinfonía carnicera que resultaría si alguien sacudiera con fuerza una caja de cartón llena de pollitos. Una sensación de deja vú se manifiesta junto a las potentes ganas de abrir una cerveza que finalmente no abro. 
Esto lo he visto antes. Hace ya mucho tiempo. Gente que sale a la calle con el cencerro de la ira, ese tintineo que avisa al lobo feroz por dónde andan los corderitos. Y no son corderos, son personas que se han visto obligadas a convertir sus derechos en un ejercicio aeróbico. Gente que camina para que no la pisen... más. El resultado es el mismo, esa carnicería doméstica. El calor de hogar que abrasa todo a su paso con su vapor de infierno y hornilla. 
Siento un eco raro, un viento áspero. No sabría explicarlo. Una verdad que es verdad, pero acaso inflamada, ceniza, fría, así como han de saber los garrotazos en la boca con un tubo de metal. Y entonces lo entiendo. Es eso eso, justo eso: la letra que separa el invierno del infierno.


viernes, 7 de febrero de 2014

Veré pasar el invierno

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A Juanbo: algún día tendré el valor de plagiar uno tus cuentos.
 Sé que nada de lo que escriba me salvará de este vagón que atraviesa la ciudad en hora punta.  Ni una sola de mis palabras. Pero sí, acaso, lo que consiga leer entre medias. Un hombre con piernas de plástico y metal se pasea con un pequeño vaso de papel. Su forma de pedir dinero es distinta del resto; cuando lo hace canta.
Releo el comienzo del libro, repaso cada línea, pensando que Nabokov la ha escrito del tirón y la ha confeccionado luego con cuidado; cortando aquí, allá.  Pequeño Frankenstein virtuoso el que ha conseguido tras terminar la faena en el quirófano literario. De otra manera no se explica tanta precisión.
Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era, rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.
Y de qué otra manera se escribe si no así: cortando, mutilando, arrancando; podría pensar uno. Que escribir, como vivir, sea un verbo extractivo me ha parecido siempre natural. Lógico.
Un niño mastica un bocadillo de pan de molde; el snack de media tarde. Lo que los españoles llaman la merienda. Puedo oír cómo mastica. Cómo su saliva penetra un pan frío y triste de viernes a las cinco de la tarde. El niño come con fastidio, sin ganas. Tan pocas como esas con las que su madre sostiene un tetra-brick de zumo de manzana marca blanca. Podría darme la vuelta y pegarle al retoño -acaso arrojar el pan al suelo-. Sólo por gusto, sólo por liberar a esa madre de su autismo y sumirla en una ira legítima. Pero no lo hago. Retomo la lectura.
Éste es el cuento, en suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo.
Que escribir sea arrancar, insisto, me parece natural. La vida es, en suma, una mutilación. La primera de todas. ¿Por qué no habría de serlo la narración que hacemos de ella? Hay quienes, como Banville, dicen no avanzar en la historia hasta no completar una frase. Que avanzan a ciegas, cogiendo palabras como quien sigue migajas.
(…) el placer de narrarlo.
Como no sé a quien creerle, si a Nabokov cirujano o a Banville rebañador, prefiero quedarme con el resultado. Con lo que todas esas palabras juntas hacen en mi pecho; con ese temblor que producen, una vez leídas, en mi mente. Aletean las palabras como mariposas con chinchetas –me duele a mí, les duele a ellas-. El lugar que alteran mientras me ducho. Mientras bebo a solas una cerveza. Mientras atravieso una calle mirándome los zapatos o desgasto con los ojos las prótesis estropeadas sobre las que se sostiene un anciano para pedir dinero en un vagón del metro.
Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen.
Hace un mes ya –incluso más- que he vuelto de un largo viaje, de esos de los que nunca se vuelve del todo, porque cada equipaje supone, a su manera, una pérdida. Algo de uno se queda allá, doblado en un cajón. Polvo de cualquier cosa derramado en lo que dejamos de ser.  Y como no es la primera vez que lo hago -que voy y vuelvo- puedo fantasear con el hecho de que una breve colección de mi piel ha ido quedándose, pegada como la nata a la taza, en los bordes.
(…) los detalles siempre se agradecen.
Quise escribirla, fijar mi vida de leche hervida, en una libretita. Pero hace ya rato que me dejé de cuadernos. Escribo solo ante la pantalla. Como su blanca violencia me obliga a retroceder, he preferido evitar, esta vez, someterme a la báscula de lo que queda por llenar. Así que al volver no escribí nada. Por eso, a estas alturas, no sé que siento.
(…) aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre (…)
Seguro que Banville miente, que no cree una palabra de lo que dice. Apuesto a que su miedo es mayor que el mío. Porque tiene por escribir más años de los que yo he cumplido. Y sin embargo, ¿qué? Él acaba de revivir a Marlowe. Ha sido bendecido con la propiedad de quienes pueden traer de la muerte a los muertos. Yo, de momento, vivo.
El hombre que pide llega casi a la mitad del vagón. Avanza ortopédico; rara y violenta jirafa sorprendida por la cojera. El niño que aun viaja a mi lado aprieta el pan con sus dedos pequeños, perfectos para triturar con un mazo, para trocear con una linda tijera punta roma. Entonces vuelvo a mi libro como quien se recompone.
(…) y podríamos dejarlo aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo (…)
El placer de narrarlo. ¿Se siente tal cosa? Sí, a veces. Más del que sentimos a veces en otras tareas. Aunque tal hedonismo no sea infalible,  existe. Lo hemos experimentando acaso tanto como la cojera de la jirafa armenia –se me antoja a mí que ese hombre que pide es armenio- o el goce extraño de imponernos  –tirar al suelo el bocadillo sería, ahora, hermoso-. Pero basta una lápida para, contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre. ¿Verdad?
El hombre de piernas metálicas –o plásticas, en parte- llega a mi sitio. Sacude su vasito con ritmo. Yo no despego la mirada de la página. Le temo a su miseria tanto como a la mía –aunque yo, a diferencia de él,  tengo dos piernas que no uso como él usaría las suyas si las recobrara-.
Antes, hace ya mucho, cuando llegué a la ciudad, cada pordiosero me parecía un abismo, un pozo de desolación al que yo podía dar sentido arrojando monedas como los necios arrojan céntimos a una fuente. Ese hombre no quiere mis monedas y yo no quiero sus canciones. A él le faltan piernas y años; yo, de momento, dispongo de ambos.
Sé que nada de lo que escriba me salvará de este vagón que atraviesa la ciudad en hora punta.  Nada, ni una sola de mis palabras. Pero sí, acaso, lo que consiga leer. Eso, sólo eso. Son las monedas que alguien, desde el más allá, arroja a mi vasito de plástico. No sé cuándo el niño se ha marchado. Me bajo en la siguiente parada. Me elevo como una mala virgen que asciende en el milagro mecánico de unas escaleras sucias. Salgo a la calle, tarareando la melodía pordiosera de una jirafa armenia.
(…) los detalles siempre se agradecen.
Mientras escribo esto, como el que se arranca pestañas o despega su piel del músculo,  pienso que me gustaría despertar en un hogar extinto. Ser la que ya no seré. De momento, me quedan mis piernas y un libro. Con eso veré pasar el invierno. Con eso.

sábado, 25 de enero de 2014

Manuel Borrás: “La literatura venezolana es rica, poliédrica y viva”

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Este año, la editorial española Pre-Textos publica la poesía completa de Yolanda Pantín y de Igor Barreto, un inédito de Pérez Oramas y un libro de relatos de Antonio López Ortega. En este entrevista, su editor Manuel Borrás habla de Venezuela y su literatura.

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Los Pre-Textos de Borrás…“Nadie va a extrañar a un desonocido”, eso dijo cuando le entregaron, hace unos años en Guadalajara, el premio que reconocía su labor como editor, una faena que –en su caso- es larga y fecunda. Hace casi cuatro décadas, este valenciano -con sus amigos Manuel Ramírez y Silvia Pratdesalba- fundó un sello que era puro riesgo: el de los viajes largos e imposibles; esos que alejan y acercan a quienes habitan dos orillas. Se trata de Pre-Textos, una de las editoriales independientes fundamentales al momento de hablar de una literatura hispanoeamericana y acaso también para esa otra –universal- que necesita descubrirse, alimentarse de traducciones eseciales, como las que él ha hecho de autores rusos, ingleses, franceses.

Rubén Darío fue su guía para conocer América, y para amarla. Y lo ha hecho como pocos. En su catálogo ha publicado a los escritores esenciales de la literatura venezolana. En las páginas de Pre-Textos autores como Eugenio Montejo o RafaelCadenas han cruzado varias veces el Atlántico. Ida y vuelta, así como viajan los héroes; esos que acuden a la muerte y regresan de ella sólo como pueden hacerlo las palabras. Este año, Manuel Borrás publicará la poesía completa de Yolanda Pantín y de Igor Barreto, un inédito de Pérez Oramas y un libro de relatos de Antonio López Ortega. Con Borrás hablamos de Venezuela, de su literatura, pero también del quehacer editorial, del papel que juegan los libros en ciertas afecciones –personales y colectivas-.


- Pre-textos nace en 1976, prácticamente con la democracia en España. Hay en ello algo de signo, también una pulsión. Ha dicho usted, muchas veces, que su intención –y la de sus socios- era recuperar las voces literarias del exilio español. Transcurridos más de 30 años, le pregunto, ¿puede la literatura realmente convertirse en un lugar de reconciliación? ¿Cuál es el papel del editor en ese proceso?
-Sin lugar a dudas. Creo que en el ámbito de la cultura, por el carácter ecuménico de ésta, es en el único marco donde se podrían dirimir muchos conflictos. Pruebas de ello las hemos tenido a lo largo de la historia. El problema radica en que la mayoría de las llamadas élites adolecen de una falta de cultura que espanta. Sólo hay que fijarse en nuestro país y en muchos de los países latinoamericanos, dentro del ámbito de nuestra lengua, y analizar un poco a su clase dirigente. Su falta de educación, pues un hombre educado nunca miente, y en consecuencia su falta de cultura de verdad, es moneda corriente entre esa gente (por no usar el término gentuza), a la que además no le duele prendas en que los otros la consideren élite. ¿Élite de qué, en qué? ¿En el fraude, en el dolo? Creo que antes se ponen de acuerdo dos personas educadas, es decir, cultas, que dos mal encaradas y empecinadas en sus respectivas verdades. El problema está en que la mayoría de las veces en ese enfrentamiento los que pagan los trastos rotos son los más inocentes, y entre ellos hay que contar, cómo no, a una inmensa minoría educada, equilibrada. No creo que el editor en ese proceso desempeñe un papel esencial. Considero que el que tendría que ocupar ese lugar protagonista debería ser el hombre verdaderamente culto y educado. Quizá los editores no respondamos a ese modelo, a menudo somos demasiado soberbios. Y la soberbia nunca ayuda a dirimir conflictos. Con todo, el editor, si es auténticamente culto, puede, aun con modestia, contribuir a esa labor benemérita. ¿Cómo? Muy fácil: tratando de compartir aquello que no pudo olvidar, es decir, aquello que le ha servido en su vida y que es susceptible de ser útil también a los demás.

-¿Una sociedad enferma (hablo de cualquiera que esté secuestrada por la polarización y el enfrentamiento) es realmente capaz de leerse? ¿Puede? ¿Obra la literatura ese milagro?
-A la sociedad, enferma o no, no le corresponde esa labor, pero sí a los individuos que la constituyen. Me explico: aquellos que en los momentos más críticos no olvidan a los más próximos, al prójimo, son los que pueden favorecer de verdad ese cambio en profundidad. Aunque también es cierto que para que eso se dé, se necesita hacer un esfuerzo mucho mayor que el que se lleva a cabo para educar a los ciudadanos. Al ciudadano habría de asumírsele como tal, no como un votante o como un cliente para después olvidarse de él.

-Ha dicho usted que, en aquellos años –finales de los 70 y comienzos de los 80- conseguir textos de los autores españoles –que estos los cediesen- resultaba complicado. Fue necesario recurrir a las traducciones, algo que la España de entonces necesitaba como el agua. Pre-textos tradujo en España autores fundamentales. ¿Puede la precariedad ser fértil para sembrar un lugar de reflexión?
-Sin duda. Para bien o para mal, la precariedad ayuda. Habría de recordarse que la necesidad precede siempre al invento. En tiempos conflictivos como en los que vivimos la literatura siempre actúa en nuestra ayuda. Y no tanto, como falsamente se piensa, porque nos abstraiga, nos enajene de la realidad, sino al contrario: porque la buena literatura, a pesar de sus detractores, que los tiene, nos vincula siempre con el mundo, con la vida.

-Pre-Textos comenzó con apenas cuatro colecciones, si no me equivoco. Hoy alcanza 23 y más de mil títulos. Su apuesta fueron y siguen siendo las voces nuevas.
-El editor literario que no apuesta por voces nuevas no tiene, a mi juicio, razón de ser. No puedo entender la tan cacareada edición "independiente" y "literaria" si uno se limita a seguir el canon, las modas o la información. Para editar hay que tener cierto espíritu aventurero y una buena dosis de generosidad; de lo contrario, más vale dedicarse a otras cosas, a aquellas que además resultarán más rentables y harán más felices a quienes ven la cultura simplemente como una operación financiera. 

- La vocación hispanoamericana de Pre-Textos queda más que retratada en su catálogo.¿Qué invisibilidad prevalece la de los españoles en América Latina o la de América Latina en España?
-Si no fuese por la demagogia nacionalista, populista, proteccionista del lado americano, que en el fondo lo que oculta es toda una operación anticultural, la visibilidad de la mejor literatura que se escribe en nuestra lengua desde las dos orillas sería mucho más evidente de lo que es. Si, asimismo, sumamos a ello cierto prurito neocolonialista cultural que anima a determinadas empresas de la Península, tenemos el dibujo perfecto de lo que está aconteciendo, con el triste resultado de que la foto nos llega a unos y a otros de todo punto incompleta.

- Usted ha editado a dos de las generaciones literarias venezolanas más compactas. Aquellas que, de alguna manera, hicieron bisagra ¿cómo percibe literariamente ese tránsito entre ambas?
-Creo que la cultura escrita venezolana es y ha sido una de las líneas de fuerza de la mejor literatura que se ha escrito en nuestra lengua. La evidencia la tenemos en que esa línea no se circunscribe a una generación, sino que la trasciende, y ojalá —no lo dudo ni un ápice— se perpetúe. Venezuela cuenta con uno de los mayores veneros de literatura española en la actualidad. Ojalá los peninsulares se aperciban de ello y algún día asuman la necesidad de distinguir a algún autor de esa república tan amada con el mayor galardón de nuestras letras. Es más, y voy a tener la osadía de decirlo: si no lo hacen pronto eso se va a convertir, tarde o temprano, en un baldón para España. Y ojalá los venezolanos, sean del color que sean, fueran conscientes de que antes que del petróleo gozan de un tesoro mucho más valioso: el de su literatura.

-¿Le dice algo la poesía o la escritura venezolana de los últimos 20 años?
-La poesía que se ha escrito en los últimos años en Venezuela me llega fundamentalmente por vía personal. Mantengo una red de contactos amplia, al margen de grupos, tendencias, etcétera. A mí siempre me interesó la buena poesía, no las, digamos, escuelas poéticas. Con todo, estaría encantado de establecer más lazos con lo mejor que allá se esté haciendo.

- ¿Percibe usted en al literatura venezolana una cierta “imposición” de la poesía como género? ¿No le parece que, en comparación a la poesía o la prosa poética, hay poca narrativa?
-Hasta donde conozco, la poesía venezolana ha dado muestras más que suficientes de su salud (aunque es posible que yo ignore la existencia de algunos excelentes narradores). Comoquiera que sea, no podemos olvidar nombres como los de Ednodio Quintero, Antonio López Ortega o Camilo Pino, entre otros, que nos indican que la narrativa que se escribe en ese país no es en absoluto desdeñable.

-No hace falta que le explique de qué forma la situación política  en Venezuela ha obligado a editores y autores a repensarse, casi reconstruirse.¿Percibe eso en la literatura venezolana actual de alguna forma?
-La literatura venezolana goza de tal salud que esas cuestiones puntuales —porque, aunque duren en el tiempo más de lo deseable, son temporales— no van a perturbarle lo más mínimo. La buena literatura se sobrepone a todos los obstáculos que se le crucen. Lo lamentable es comprobar que todavía hoy se valore antes la afinidad política que la calidad literaria y que en función de esa distinción espuria se repartan sinecuras. Comprobarlo resulta doloroso.

-¿En qué momento, como editor, comienza usted a mirar a Venezuela? Me gustaría incluso ser más precisa ¿Fue Montejo el primer autor venezolano que publicó?
-Empecé a mirar a la América Hispana, no a Venezuela en particular, desde el primer momento. La vocación americanista de la editorial siempre ha sido evidente y a nuestro catálogo remito a aquel que quiera comprobarlo. Eugenio para mí no sólo fue un gran poeta y autor de la casa, sino un gran amigo. Aquel que con su inmensa generosidad no únicamente me confío sus libros, sino que me abrió también a otros muchos de sus maestros y amigos. Sólo tengo que recordar a los añorados Sánchez Peláez, Gerbasi o a mis otros muy admirados y queridos Rafael Cadenas, Alejandro Oliveros, Yolanda Pantín, Igor Barreto, Luis Enrique Pérez Oramas, Gustavo Guerrero... Y confío en que la lista continúe. 

- ¿Qué nuevas ediciones y publicaciones venezolanas formaran parte de Pre-Textos próximamente? Entiendo que existe una antología en marcha.
-Existe, en efecto, una antología en marcha, también la edición de la poesía completa de Yolanda Pantín y de Igor Barreto, un inédito de Pérez Oramas, así como un libro excelente de relatos de Antonio López Ortega. Eso por el momento, e insisto, espero que no sea lo último.

-¿Cómo definiría, literariamente, a la Venezuela a la que usted se ha acercado como editor?
- Rica, poliédrica y viva.

miércoles, 15 de enero de 2014

Exile Hangouts: Cuatro escritores venezolanos sobre la diáspora

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Pittsburg, Estados Unidos, 4.30 de la tarde, cinco grados. Madrid, nueve y media de la noche, ocho grados. Israel, diez y media de la noche, 15 grados. En Venezuela, desde donde nadie habló, eran las tres y media de una tarde nublada con 27 grados. Todo ocurrió al mismo tiempo en cuatro países y, a la vez,  en ninguno. Lo que se dijo, se dijo en la red... ese lugar al que van los deseos, trasegados y confundidos con la omnipotencia de la que gozan los dioses y los fantasmas. El martes 14 de enero de 2014,  cuatro venezolanos -Israel Centeno, Juan Carlos Chirinos,  Juan Carlos Méndez Guédez y Liliana Lara-, todos ellos de edades distintas –uno de 55; dos de 47 y una de 43-, se sentaron frente a la pantalla de un ordenador. ¿Qué les unía además de una ciudadanía y una conexión a Internet? Tres cosas. Un oficio: los cuatro son escritores. Una condición: los cuatro viven fuera del país. Y un tema: el exilio, esa vida –acaso esa otra forma de escribir- que supone reinventarse lejos del lugar de origen.
Titulado como Exile Hangout, el conversatorio en línea fue convocado por la revista digital Sampsonia Way, editada por City of Asylum, una organización radicada en Pittsburgh que se dedica a dar apoyo a aquellos escritores amenazados por sus opiniones y textos. Esta no ha sido la primera entrega. Ya hubo una anterior, en 2013, con escritores y creadores cubanos –exilados, por supuesto- en ocasión de una antología literaria que recogía sus textos. El motivo de este segundo encuentro, aunque travestido en ocupación y preocupación literaria, se vio envuelto en el espíritu del anterior: el quehacer de quien decide –o es obligado a decidir- marcharse.  
Más de medio millón de venezolanos vive hoy fuera de Venezuela, la cifra más alta en la historia de un país que acumula apenas dos siglos de vida como república y que ha experimentado en los 15 años del proyecto político del chavismo un lento, progresivo y doble desangramiento: el que ocurre puertas adentro y el que se derrama en Maiquetía. De esa percha se sujeta esta reunión sin mesa ni territorio. De ese gancho cuelga esta crónica, acaso imposible, de lo dicho en cuatro ciudades distintas. Y aunque hay algo de paliativo, acaso ortopédico, en este debate en línea, -incluso en el propio gesto de reseñarlo- una necesidad más potente sutura la cicatriz que semejante simulacro supone: el país, idiota; que diría Miyó Vestrini. Sí, el país, eso que urge entender.
La conversación comenzó como los festines de pan duro: atragantándose. Las palabras, aunque podrían, no siempre son sinónimas y esconden, como la vida de quienes las usan,  matices. Ninguno de los convocados salió de Venezuela al mismo tiempo, tampoco por las mismas razones. Chirinos y Méndez Guédez partieron hace casi veinte años. Liliana Lara hace diez. Centeno apenas dos. Y son  esas diferencias –ignoradas, imperceptibles para quienes escuchan- las que se cuelan como una carraspera en el auditorio de la banda ancha.
El escritor Israel Centeno, moderador del Hang Out, fue el primero en hablar. Y lo hizo no con una sino con varias interrogantes. ¿Qué adjetivo escoger para dar nombre a quienes se marchan? ¿Exilados? ¿Extranjeros? ¿Migrantes? ¿Asilados? ¿Diáspora?, preguntó en voz alta recorriendo con los ojos un teclado invisible que le entierra la mirada en una esquina de la pantalla. Centeno, quien vive en Estados Unidos desde 2012 luego de haber sufrido agresiones físicas y amenazas contra él y su familia por motivos políticos, colocó esas palabras en el aire sin aludir ni en una ocasión a las razones que explican por qué está sentado, él también, frente a ese monitor que no mira de frente y en el que se reflejan en miniatura sus otros interlocutores. Liliana Lara, quien  vive en Israel desde el año 2002, respondió en un primer turno: “Yo no me considero una exilada política. Me fui mucho antes de que todo estallara, quizás por otras razones, aunque sí considero que la lectura de la diáspora es política”.
“Yo salí en 1997 como estudiante, no como exilado. Ahora, cuando regreso a Venezuela me siento como un exilado y en España me siento como un inmigrante”, responde Chirinos, desde Madrid, apretado en una pantalla de video. “En Venezuela –agrega, desde otra cajita, Méndez Guédez- existe un exilio real. Hay asilados, también presos políticos, porque los hay. Esas listas negras, también las del mundo cultural, existen. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ellas, porque no canto alabanzas a una revolución llena de muerte. Existen también los exilios voluntarios, como aquellos en los que Mutis y Bryce escribieron sus obras. El problema es que la palabra exilio ha cambiado”. Un salto en la conexión crea un hueco. Chirinos toma la palabra para redondear un concepto que podría parecer blando o informe –desprovisto de su gravedad original- en un mundo donde ya no se envían cartas ni la gente cruza el mar en vapores, y que sin embargo muta en algo más complejo. “Morfológicamente, Venezuela parece una democracia, pero en verdad pone en marcha una serie de métodos que obligan a quienes viven en ella marcharse”, dice.
Y una idea brota entre los cuatro,  la misma: en Venezuela, los verdaderos exilados no están fuera sino dentro. Son los que viven en espacios reducidos, asfixiantes; sitios que ya no son tales; calles en las que ya no caben todos. “Antes de salir de Venezuela, ya yo sentía que no estaba en mi país. Los venezolanos que viven en Venezuela están, en realidad, más exilados que aquellos que están fuera”, dice Israel Centeno, que intenta empujar la conversación, sacarla de un callejón y conducirla a otro en el que quepa la idea de la literatura venezolana. Sin embargo, un tema más denso insiste, se fija, estalla en otras preguntas -en el fondo apretadas en la misma cuestión: la pertenencia-.
¿Estando fuera se puede opinar de lo que ocurre en el país? ¿Tuvo sentido, para algunos,  tender puentes –cuando era posible-? ¿Cómo se ejerce la ciudadanía en un país que invisibiliza a quienes disienten? La conversación se anega, se trepa, reproduce un cuarto imaginario en el que el agua llega al techo. Se superponen temas  –patria, país, pertenencia, derechos, distancia- o acaso uno solo, atravesado por aguijones que hacen todavía más difícil definir qué es esta diáspora que todo lo impregna –que vacía hogares y crea familias de Skype- y que recientemente ha reunido sus testimonios literarios en la antología Pasaje de ida (Alfa, 2013).
“Desde la radicalización de 2002, cuando se comenzó a hablar, como los maoístas, de Revolución Cultural, y después de los episodios de Llaguno, me di cuenta de que gobierno y Estado en Venezuela eran una misma cosa, así que decidí que nunca participaría en una evento realizado por el gobierno (…) Por eso creo en ese otro país de libreros, editores, estudiantes, profesores y ciudadanos que crean, que hacen otras cosas, que resisten (…) Y por eso no me gustan los discursos épicos ni truculentos sobre el exilio. Yo estoy fuera, pero desde fuera también se construye país, ese que todavía nos pertenece. Y mi actitud consiste en la celebración de esa Venezuela en la que se crean y se hacen cosas, esa Venezuela en la que hay plátanos fritos”, dice Méndez Guédez refiriéndose a la anécdota del texto con el que participó en Pasaje de ida y que se recrea en un sabor, una sensación, una dulzura tan potente como lo es, a veces, la melancolía.
Una larga lista de preguntas de internautas se acumula. ¿Es más complicado publicar fuera de Venezuela? ¿Existe una literatura venezolana visible en el exterior? ¿Interesa a los departamentos de estudios literarios lo que los venezolanos han escrito y escriben? Liliana Lara habla de una invisibilidad completa –idiomática, prácticamente- de las letras criollas en Israel. Chirinos y Méndez Guédez hablan, sí, de una literatura venezolana cada vez más apreciada en España a pesar de no gozar de canales ni espacios oficiales para darse a conocer –o incluso teniendo que sobrevivir a la invisibilización a la que la somete los que ya existen-. La noción del escritor exiliado como dueño de una obra a la vez que divulgador de una tradición literaria aparece, se perfila, se hace clara. Sin embargo, otra, acaso la más lúcida, estalla en la boca de Israel Centeno.
La precariedad que supone la distancia hace necesaria una tradición -acaso antes denostada por sus propios herederos- que hoy sirve de ropaje y escudo. Se trata de algo tan reñido con la pertenencia como con la visibilidad. Otros países –Argentina, México, Colombia, Perú- entienden y usan a los escritores que les precedieron -incluso a las generaciones anteriores pero todavía activas- como un árbol genealógico que los explica y los sitúa y cuya existencia grupal supone una forma de avanzar en lugar de una competencia entre iguales. Esa, insisten, es una realidad cada vez más obvia y necesaria producto de un aprendizaje forzado. Más claro no pudo decirlo Centeno: “Hemos dejado de ser parricidas, estamos aprendiendo a nombrarnos”. Acaso por necesidad -u orfandad- la distancia corrigió la miopía literaria patria.
En el reloj de la barra de herramientas marca el tiempo de una hora que no es la misma para quienes conversan, pero que avanza y se consume para todos por igual –los minutos, como el oxígeno, arden de la misma forma en todas partes-. En Pittsburg, son ya las seis. En Israel, las doce. En Venezuela, desde donde nadie habló, son las cinco  de una tarde, todavía nublada, con 27 grados. En Madrid son casi las doce y todavía hace frío. Los cuatro escritores han dado por cerrado el debate después de una despedida rápida y sin aspavientos.  En la pantalla del ordenador la caja de vídeo del youtube se queda oscura, apagada, ausente, bobalicona. El cursor tartamudea, necio, en el documento de Word. La página parece más blanca hoy que otras veces. El teclado ametralla una idea, sólo una, en el folio: diáspora. Nunca, como esta noche, una palabra fue tan confusa ni una madrugada tan fría.