domingo, 5 de mayo de 2013

No son los zombies, soy yo


Debo hacer enormes esfuerzos para evitar la televisión. No siempre, claro. Me ocurre cuando me siento sola: al terminar de leer un libro o cuando lucho con la página en blanco del eterno capítulo siete de una novela a la que aún no puedo hincarle el diente. Me ocurre cuando me pillo por banda. Cuando miro el techo durante más de un minuto o mientras me ducho sin ganas.
Pasa también cuando estoy cansada –cada vez más-. Entonces me derribo sobre el sofá con la misma fuerza con la que, en la calle, patearía un perro o iniciaría una pelea. La televisión me anestesia,  me produce una hemorragia que me vacía de a poco. Y cuando la veo me quedo así: seca, en paz.
Tendría sus ventajas la televisión de no ser porque, a la vez que me seda, me derriba. Todo frente a ella me ocurre sin efecto. Me dejo llevar por los informativos –esa idea de que la vida le ocurre a otros- y los capítulos de la serie Walking dead, en donde un grupo de supervivientes mata monstruos como moscas –me gusta verlos golpear, atravesar, desangrar; me relaja- a la vez que libra una lucha contraotros vivos.
En su versión del Apocalipsis de San Juan, que publicó el año pasado con Península, Vicente Verdú se pregunta por la popularidad de los zombies. Dice el escritor que nos hemos convertido en una sociedad muerta en vida, llena de heridas sanguinolentas, que arrastra los pies en la noche de los tiempos. Me quedo con esas palabras: la-noche-de-los-tiempos.
Como hace dos o tres años lo hicieran los vampiros, hoy nos inundan mareas de individuos verdosos. Seres sin voluntad ni pensamiento que se arrastran por ahí con una sola intención: comerse a un vivo. Son fáciles de matar uno a uno pero en multitud son letales.
Cuando amanezco bien del corazón, es decir, sin ganas de dar empujones a quien me obstruye el paso o de retorcerle la oreja al niño que chilla en el metro, camino por la calle con algo parecido a la extrañeza. Y me parece que quienes me rodean son caminantes, zombies lentos y numerosos de los que yo también formo parte. Algo parecido a la resignación se empoza en mi estado de ánimo.
Entonces llego a casa y pierdo otra batalla. Descubro lo que a veces sospecho por la calle: que mis sueños son brutales y mis fantasías (vistas con el rabo del ojo de la sinceridad) preocupantes. Sólo ahí, tranquilita viendo mis zombies, noto que cuando oigo una palabra deseo su opuesto: justicia, venganza; reconciliación, revancha; igualdad, reajuste; libertad, desenfreno.
Mientras veo el Telediario –insisto: la vida que le ocurre a otros-, me descubro de a poco levantando el labio, enseñando el colmillo. Vuelven a mi mente las palabras: la-noche-de-los-tiempos. Estoy lejos, a kilómetros de distancia de un salón enorme donde gente vestida con banderas golpea a otras. Entonces ocurre. Otra vez el reverso de las palabras; esas ganas de golpear y empujar. El muerto viviente que llevo dentro o el superviviente que aprende a matar para seguir con vida.
Soy hija de gente mucho más valiente que yo. Y me doy cuenta, así, cuando me veo desde fuera: arrastrando mis pies, gruñendo en secreto, anhelando que la vida fuese un video juego en el que pudiese cargármelos a todos. Me pellizco. Intento, como sea, volver en mí. Pero ahí sigue la tele, apagada, demandante, pidiéndome otra vez la hemorragia que me deja quieta.
La-noche-de-los-tiempos. El país de los muertos vivientes. Gente que mata gente. Vivos que reinan sobre otros. Lo veo. Aparece en mis sueños. Envuelvo a mi familia en una servilleta. La protejo en un bolso imaginario que va conmigo a todas partes. Cruzo la calle. Estoy a salvo, pienso. ¿Pero de qué?
Últimamente debo hacer enormes esfuerzos para no ver la televisión. Para que la vida no sea lo que ocurre a otros. Para que esto negro –muy negro- que se me trepa por la garganta no sea lo que sospecho. Que no sea, por Dios, lo que creo que es.
Ya lo he dicho, veo zombies. Pero no son ellos, soy yo, quedándome dormida, de a poquito, en la-noche-de-los-tiempos.

sábado, 9 de marzo de 2013

Caballo negro




Era negro y estaba ensillado.  Lo miré desde el suelo, derribada tras una larga lucha. El pelo del caballo era brillante: carbón aceitado, reluciente bajo un sol de media tarde. Una silla repujada con adornos de cuero trenzado se sostenía gracias a la cincha apretada sobre el vientre oscuro. Intenté ponerme de pie para mirarlo de cerca, pero apenas y pude levantarme. Me quedé  tumbada sobre la tierra seca, incapaz de moverme. Nubes de polvo amarillo se levantaban con el viento  alrededor del corcel negro, todavía impasible.
No hacía frío y sin embargo lo recuerdo así. El dolor entero del cuerpo, la falta de fuerza en los brazos, las piernas muertas. Alguien  a quien tuve que hacer frente había pasado por allí y me había machacado, pero no lo suficiente como para no poder darme cuenta de que, sea lo que hubiese ocurrido, estaba yo peor que cuando comenzó todo. El jinete había desaparecido, ¿dónde estaba?  Ahora no podía saber si en su lugar vendrían miles o si me quedaría yo, varada, para siempre, en aquella tierra perdida.

El caballo seguía ahí, como si esperara una orden. Algo en él parecía poderoso, amenazante. De pronto mi atención se desvió por completo hacia sus patas largas; la cola negra y quieta; la crin suelta; las riendas colgantes y flojas.  En otro lugar, aquel caballo habría sido hermoso. Pero su oscura estampa  escondía mañas o muertos. Algo raro.

 Después de mirarme, todavía yo en el suelo de un lugar del que no sé nada, el caballo abrió los ollares, resopló,  y echó a andar; primero paseándose frente a mí de un lado a otro, como para asegurarse de que le viera bien, de que grabara en mi mente el movimiento de sus patas robustas y su negra grupa.  Después echó a correr, veloz y furioso. Lo vi alejarse; con miedo. Como si se tratara de una versión positivada de los caballos blancos, heroicos,  de Tovar y Tovar. Pero éste ni era blanco, ni llevaba jinete. Tampoco corría desorientado. Adonde quiera que fuere, llevaba el aspecto de una bestia que no necesita dueño ni bridas.
El caballo negro se alejó, como una fuerza oscura que dibuja una línea negra y continua  en el fondo del horizonte. Corriendo, ensillado y decidido,  el corcel se alejó quién sabe adónde.

                Me había acostado muy tarde. Cuatro y media. Quizás cinco de la mañana. Llevaba escribiendo desde las siete de la tarde la crónica de la muerte de Hugo Chávez.  La anunció su sucesor, a las 4.25 de la tarde, hora de Caracas –casi las diez en Madrid-. Ya tenía lista una parte; la había escrito después de contarle al director que hoy se daría a conocer la noticia. Y aunque ya había comenzado, me faltaba lo peor: enterarme. Así, en vivo y directo: enterarme.

Escribí bebiendo, lo suficiente como para mantenerme despierta; para resistir a la página en blanco y los fantasmas rojos. Mientras tecleaba y buscaba cifras, datos, palabras esterilizadas y quirúrgicas que me defendieran, todo me vino a la mente. Un río bravo de gente muerta anegándose en la pantalla. El sol apretado de las caminatas por autopistas cerradas. La vida seca de los que tuvieron que marcharse o reinventarse.  La bandera como una camisa tendida. El himno nacional –cómo quise escucharlo-.  No sabía qué hacer ni dónde colocar todo cuanto sentía. Me fui a dormir con la crónica escrita, el cuerpo maluco y la cabeza en otra parte.

Desperté todavía con la imagen del caballo negro  corriendo furioso. Y como en el abatimiento del sueño, las veces que intenté, no pude levantarme de la cama. Sentía el cuerpo cansado, como si yo también en la vigilia hubiese luchado contra alguien.  Volví a pensar en los caballos de Tovar y Tovar en la Batalla de Carabobo que decora el techo del Salón Elíptico del Palacio Federal. Un mes o dos semanas antes, había hablado con un amigo sobre esa pintura. El país se parecía, dijo él, a uno de los caballos ensillados y sin jinete que corrían en medio de casas arrasadas y soldados muertos. Caballos asustados. Caballos sin jinete en una estepa yerma. Pensé también en las bestias de ojos abiertos que pintó Michelena en el Vuelvan caras. Caballos, caballos, caballos… bestias perdidas  en medio de una guerra de montoneros y caudillos.

Lo que no llegué a entender, ni esa mañana ni ahora, fue el color oscuro de mi caballo durmiente. No era una imagen alegórica. No se parecía al corcel blanco que de niña intentaba dibujar en el escudo bajo el haz de espigas y las espadas. Entonces era más difícil representarlo, porque a diferencia del actual, aquel no corría: doblaba el cuello, resistiéndose indómito contra algo. Pero ni los caballos que crecí dibujando en un block Caribe de hojas blancas  ni los que he visto pintados por Tovar y Tovar o Michelena tienen el aspecto del que he soñado. El mío parecía, acaso, un caballo cuervo; un mensajero que espera, posado sobre sus cuatro patas, a que algo ocurra y que vemos alejarse  mientras permanecemos derribados  en la estepa de un mal sueño tras una lucha.

sábado, 2 de marzo de 2013

Piedras contra un muro






"Y preguntarme por qué no escribo, inevitablemente desemboca en 
otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí?"
Jaime Gil de Biedma 

Viernes, todavía. Tengo frente a mí una página blanca, un muro limpio y áspero en el que titila, insistente, el cursor. Empujo en mi mente las palabras. Espero a que vengan, de a poco; o a lo bestia. Y no vienen.
Vivo de escribir y,  sin embargo, no consigo palabras suficientes: para arrojarlas; para dar pedradas o coces; para hacer preguntas y responderlas; para permanecer; para saber por qué los folios sin letras hacen lo que el miedo o el frío.
En verdad, no se han marchado del todo, las palabras quiero decir. Vienen para lo justo: buenos días, buenas tardes. Incluso algo más. Todavía recuerdo como apilarlas todas; juntas no dicen nada, pero al menos ocupan espacio. Sujeto, verbo, predicado.  Subo y bajo de autobuses repitiéndolo. Pero el muro sigue ahí. firme como un reproche.
Un amigo me dijo que el tiempo también escribía; yo me pregunto, entonces, qué reloj sin cuerda va a marcar la hora de los párrafos en este día demasiado largo.
Esta semana he soñado con serpientes dálmatas. Gruesas y veloces culebras de manchas blancas y negras que maté a portazos. Tuve que cerrar tantas puertas como serpientes aparecían en mi sueño. Plas. Plas. Plas. Plas. Al día siguiente salí a la calle. Nevaba, con fuerza. Y mientras pensaba en las serpientes, una blanca e insistente capa de hielo raspado comenzó a cubrir los árboles del Retiro. Una inmensa página blanca oliéndome las botas viejas. No cuajó la nieve; como no lo hicieron las palabras que intenté rebañar en mi mente mientras caminaba mirándome los zapatos.
Desde que no puedo escribir canto, miro la tele y paso ratos largos mirando a ninguna parte. Huyo de las libretas y los ordenadores. Viajo en el metro sin nada entre las manos. Algo parecido a un nudo bobo sujeta, retiene, desanima. Y no importa cuánto empuje. El muro sigue tan áspero y blanco como siempre.
Ya es sábado, ahora sí. Tiempo de descanso. ¿Será que vendrán hoy? ¿Será?

domingo, 6 de enero de 2013

Puerta 23

La sala 23 del aeropuerto está llena. En la pantalla central hecha para entretener a quienes esperan, una mujer hace vasijas de arcilla. Sus recipientes me distraen pero no me convencen.  En la misma pantalla, también un director de orquesta dirige un grupo de músicos  que interpretan mambos de Pérez Prado para una público que baila animoso –la música clásica puede ser guapachosa-. Luego, unos obreros controlan los botones grises de una aspiradora de copos de maíz. Cumplen el control de calidad, los copos y los botones. Hay más clips, pero sólo recuerdo esos. Juntos  hacen un bucle. Avanzan, se suceden, y vuelven a empezar. Una y otra vez. Con ésta, va la tercera ronda.  El tiempo en el aeropuerto, en cambio, se amelcocha. Tiendas llenas de baratijas que cuestan una fortuna. Cafeterías con comida que parece amarilla y vieja.
 En la sala 23 los mismos de siempre hacen las cosas de costumbre. Los que regresan a Madrid tras los días de vacaciones en el vuelo UX 072 repasan el repertorio. Los que parecen estar acostumbrándose a hablar de una manera al facturar la maleta y de otra al cruzar la taquilla de inmigración. Los que se van a morir del sueño con los pies apoyados sobre el equipaje de mano. Los que conferencian por teléfono, mis preferidos:  porque cuando llaman más de dos veces a un pasajero y no acude entonces van a retrasar el avión y  ahí sí te voy a llamar para que no te preocupes, ¿okey;  porque cuando hay paquetes muy compactos la Guardia Nacional cree que se trata de droga y te bajan a pista; porque una vez una señora llevaba harina de maíz y tuvo que bajar a dar explicaciones; porque cuando eres comunitario europeo no te corresponde la manutención de Cadivi; porque cuando llegue a Madrid voy a pasar por el consulado para preguntarlo todo y te aviso, ¿okey? Vale pues, Hablamos. Mitades de personas. El repertorio de siempre, sólo que esta vez relavado por el desuso. 
Llevo tiempo sin venir. Y estas ceremonias terminan por espantarme. Además estoy triste y el único problema que puedo gerenciar es el de la máquina de refrescos,  que se niega a darme una botella de líquido. Después de introducir dos billetes de diez –hace cinco años compraba un libro con eso-, acepto te en lugar de agua y me devuelvo a la silla en la que no quepo. Llevo dos bolsos; uno repleto de libros, otro lleno de cartones de cigarrillos libres de impuestos;  documentos, algunas libretas que llevo conmigo porque no puedo perder, con apuntes de entrevistas, anotaciones, ideas que no desarrollo, también el iPad al que no puedo conectarme y dos teléfonos inteligentes que no uso. 
Ya son casi las nueve y me comunico con mi hermana a través de un Nokia que me indica cuánto atasco le ha tocado desde el aeropuerto al que me ha llevado hace dos horas hasta a puerta de casa –puede que llegue en una hora más, cuando el trayecto normal dura 25 minutos-. Temo que la asalten en la autopista. Que le hagan algo. Normalmente temo, pero al venir, el miedo deja de ser un rumor y se hace insistente como las verdades. Miro hacia la pista. No veo nada. Intento leer el libro de Mirtha Rivero. Historias menudas de un país que ya no existe. En realidad releo la historia del Hombre a quien le salen bien las cuentas, poco después la de los dos pescadores nacidos en Margarita. El libro, aunque de tan remoto, me gusta y me saca el analfabeto que llevo dentro. 
Hace días que apenas y junto letras. Arrastro el peso de una a y la junto cerca de una consonante. Hago algo parecido a diarios que sólo yo voy a releer. Abandono de a poco la escritura, como quien renuncia a un afecto. Cargo pesos viejos esperando soltarlos en alguna parte. Mañana, cuando aterrice en Barajas, tendré que pensar si arrastro la maleta conmigo hasta casa en metro o si me echo el peso del país a cuestas de esta otra forma. Estará muy fresco el más cerquita y haré lo que estoy haciendo, ejecutando el gatillo loco de quien escribe para sangrar los días y sus noches. 
Miro a mi alrededor. No me siento parte de ninguno de estos grupos. No pertenezco al país del que me marcho, porque formaba parte del que dejé seis años atrás. Ha de ser por eso que el pasado tiene la forma de un país viejo, superado velozmente en el tiempo de los locos o los enfermos. En estos días ha de morirse el presidente. Está en La Habana. Conectado a lo que supongo, serán aparatos que lo mantienen a él respirando y al país ensayándose orfandades o tejiendo mortajas. Poco antes de irme, fui a la Plaza Bolívar para buscar a los que piden por la salud del presidente. No los encontré. También ,e metí en el tuiter para buscar a los que celebraban su muerte, y encontré muchísimos. Países como panes duros y yo con estos dientes tan blandos. En la tele abundan los comunicados oficiales y en la prensa escasea la información independiente. Los alimentos llevan sellos de calidad oficial y la gente quema el dinero  en cualquier mostrador comprando almohadas. Todo vale poco. La vida. Los billetes. La calma. Con quienes hablé sentí el tono de quienes resisten. En quienes vi cruzar la calle miré la indolencia de quien orina en medio de una mesa puesta. Entre ambas, encontré el ruido de las radios, llenas de música nueva; vi la tele, poblada de gente con ropa corta y ajustada; crucé calles vacías por navidades engañosas; toqué dinero de monopolio. 
Me moví en un país provisional que nunca da la campanada. Un país que ya no existe y cuya nueva versión no termina de entender la diferencia entre lo que dejó y lo que será, lo que vale de lo que deshecha. Lo que resiste de lo que arrasa. ¿De qué lado vamos a estar: de los que sobreviven o de los que eligen quiénes van a vivir? Alzo la vista hacia la pantalla del aeropuerto. Esta vez se repite el clip de la alfarera. Yo no tengo bando. Ni siquiera el de los provisionales. Yo no estoy de viaje. Ni siquiera regreso, porque el país del que me marché es anterior a éste. 
Contesto un mensaje de mi hermana. Me dice que todavía no llega  Catia. Cumplo con el miedo como mi único tributo en esta guerra de corazones. Mañana cuando llegue haré algo. Arrastraré mi maleta. Juntaré letras. Esperaré la muerte de un hombre conectado a una máquina. Temeré. Los amaré a todos en la distancia. Desearé lo mismo de siempre. Que vivamos todos en la misma ciudad. Que estos viajes no acaben de esta forma. Que el hilo no se me pierda a la hora de ensartarlo. Que de este costurero salga, al fin, algo bueno y que el bucle no descarrile. Esperaré, sin paciencia, a que el tiempo haga algo mejor a su paso. Esperaré. El avión no tarda en salir. Esperaré.  

martes, 11 de diciembre de 2012

James Ellroy: “Vosotros los europeos sois predecibles, por eso soy controvertido aquí”


Son las dos menos cuarto de un jueves en el que llueve a cántaros. En el número 40B de la calle General Perón el escritor estadounidense James Ellroy concede entrevistas a unos cuantos periodistas. El autor de La dalia negra está en Madrid por un día para participar en el seminario Literatura y Automóvil, organizado por la Fundación Barreiros.
En el pasillo no queda casi nadie, apenas el jefe de prensa y un fotógrafo. Desde la sala de espera puede escucharse la voz ronca y profunda del “perro rabioso de la literatura norteamericana”, como Ellroy se hace llamar. A través de la puerta, se escucha el susurro de un periodista que pregunta al escritor por la victoria de Barack Obama. De pronto, el silencio se rompe con el estruendo de la voz de Ellroy.  “No estoy aquí para hacer un jodido discurso, sino para responder a tus malditas preguntas. Si vas a hacerme preguntas, házmelas, pero no me toques los cojones, ¿quieres?”.
Nacido en Los Ángeles, en 1948, Ellroy ha sobrevivido a todo, incluso a sí mismo. Tras el asesinato de su madre cuando era apenas un adolescente, Ellroy se dio al alcoholismo y las drogas. Fue voyerista, pasó un tiempo en la cárcel por robo y actos de violencia. Se dedicó, durante buena parte de su pubertad a masturbarse compulsivamente y a entrar a las casas para robar  bragas usadas que inhalaba con ansiedad. Casi a los 30 dejó el alcohol y las drogas, consiguió un empleo como caddy en un campo de golf y se dedicó a escribir, así lo cuenta en su primera novela Requiem por Brown.
Hoy día James Ellroy reconoce dos cosas: que es el mejor escritor de novela negra que existe en la historia literaria de los Estados Unidos y que tiene grandes lagunas en las que se anegan nombres como el del mismísimo William Faulkner.  Ellroy lo lleva claro, sólo lee lo que interesa: novela policiaca, a la que se aficionó desde muy joven con folletines que su padre le traía. Es, para muchos, el maestro del género negro. Su estilo es directo, cortante, magistral, mucho más desde que publicó L.A Confidential , novela que forma parte del llamado L.A Quartet, que lo lanzó a la fama.
La calma vuelve al pasillo del número 40B de la calle general Perón. Se abre la puerta por la que asoma James Ellroy. Mide un metro noventa, viste pantalones blancos, camisa hawaiana y unas gafas redondas que hacen más brillante su rapada cabeza. Ellroy sonríe, muestra sus dientes blancos y alineados, perfectos para triturar manzanas o desgarrar filetes. Está sorprendido al verme. Había dado por terminada la ronda de entrevistas. A pesar de eso, extiende su mano, me invita a sentarme a la vez que enumera con los dedos de la mano: “No Obama, no presidential elections, no politics”.   Si se cumplen estas tres condiciones, puede que la entrevista con el Demon Dog llegue a buen puerto.
-Vino a Madrid para hablar de coches, pensé que sólo le interesaban el boxeo, las mujeres, los perros, la música clásica, la historia y la novela negra.
-Me gustan los coches. A ver, no es una moda o algo que en mí sea un interés pasajero. He tenido coches clásicos y fantásticos. Así que voy a hablar al respecto.
-Hablemos de dos cosas que a usted le interesan y que conoce muy bien: los asesinatos y las mujeres. ¿Cree que los crímenes cometidos por mujeres son más brutales, incluso literariamente más atractivos?
-No sería verosímil. Si mira las estadísticas, las mujeres no matan con la regularidad de los hombres. No hay asesinos en serie mujeres. Las mujeres suelen matar con una justificación, porque han sido sometidas a maltrato durante mucho tiempo o muchas veces porque reaccionan ante una situación determinante, pero no suelen ser el prototipo de un asesino.
-Usted ha dicho que sólo cuando escribió El gran desierto  se dio cuenta de que L.A Quartet era un cuarteto. Con La trilogía negra americana fue diferente, quizás por el hecho de que De Lillo le influyó. ¿Puede considerarse que lo mejor de su obra está pensado como conjunto y no como libros individuales?
-La dalia negra la pensé, libremente, como una novela que podría unirse, o no, a una serie. En cambio, desde un comienzo supe que American Tabloid sería el primero de una trilogía y sí, digamos que fue justamente en El gran desierto que empecé a pensar, a lo grande, en el L.A Quartet. Incluso, muchos de los personajes que aparecen en la Trilogía de USA provienen de LA Quartet.
-¿Por qué tardó tanto en escribir La dalia negra? Fue su séptima novela y sin embargo es una historia que deseaba escribir desde mucho antes.
-Tampoco crea que en ese entonces yo podía escribir todo lo que quería o lo que me venía en gana. No me había establecido como novelista. No era conocido. Para darme a conocer tuve que publicar primero una trilogía policial, crear un personaje para darme a conocer, que fue el oficial de policía Lloyd Hopkings, y sólo después pude proponerme La dalia negra. Mucha gente me dijo que no publicara esa historia hasta que no me afianzara primero como escritor.
-Tuvo una adolescencia difícil: el asesinato de su madre, el alcoholismo, la drogas, la cárcel. Sin embargo, en esos años usted ya sabía que quería escribir. ¿La furia de esos años le sigue funcionando como combustible de su escritura?
-Una persona escribe cuando está lista. Y yo lo hice cuando estaba listo, y tuve éxito haciéndolo. Probablemente no tenga la furia de aquellos años porque estoy más maduro emocionalmente y tengo una vista más amplia del mundo. Los libros que hago no los llamaría menos apasionados, pero sí menos furiosos. Escribo desde la furia pero no veo los libros como furiosos, los veo menos apasionados. Los libros de Ellroy, por decirlo así, son por un lado rigurosos, cerebrales y austeros, y por otro lado apasionados. Trabajo con esos dos elementos.
-En 1995, después de American Tabloid, usted interrumpió lo que iba a ser la Trilogía americana para dedicarse a un género como las memorias. Y lo hizo de un golpe, ¿por qué?
-Porque es el modo en que pude hacerlo. Eso lo describo en Mis lados oscuros. En verdad fue una coincidencia. En aquella época yo vivía en Connecticut y por navidad mi segunda esposa me consiguió una foto mía que hizo Los Ángeles Times  el día del asesinato de mi madre. Me dijo algo como, ‘¿tú recuerdas ese momento?’  Y entonces boom, todo me vino a la cabeza de golpe. Yo pensé que había resuelto a mi madre con La dalia negra. Luego, por coincidencia, un reportero de Pasadena Star-News me dijo que iba a revisar el expediente de mi madre para una historia que estaba escribiendo para GQ y fue ahí cuando me dije, tengo que ver ese expediente. Visité la oficina de homicidios sin resolver de Los Ángeles, fue allí donde conocí a Bill Stoner, él me enseñó el expediente y las fotos de mi madre asesinada… y así comenzó todo, fue una coincidencia.  Era el libro que tenía que escribir en ese momento y lo hice con toda la pasión y el rigor con que tocaba hacerlo.
-¿Nunca pasó más nada después de escribir el libro?
-Nunca supimos nada del asesino. Nada pasó.
-Usted ha escrito una historia del crimen en Estados Unidos, que es, hasta cierto punto, una historia social de Norteamérica. En estos 50 años, ¿quién es o quiénes han sido los asesinos en Norteamérica? ¿Han cambiado?
-Créame: No lo sé, ni me interesa. La historia termina para mí cuando termina la trilogía. Después de mayo de 1972 no tengo absolutamente nada qué decir.
-Usted odia Hollywood, pero Hollywood le adora, adora sus libros. Se han adaptado L.A Confidential y La dalia negra. ¿Cómo lo lleva?
-Tengo dos casas, una asistente a tiempo completo, pago impuestos. Me dan dinero por eso y para mí está bien. No pueden tocar mis libros. El resto, me la pela.
-El fenómeno Larsson, no sé si llegaría a Estados Unidos, pero en Europa significó una especie de boom con el género negro, y creó una confusión, incluso creó una versión light del género.
-Sí, a Estados Unidos llegó y fue exitoso. Vi la película y me pareció profundamente estúpida. Eso no tiene nada que ver conmigo. Es un fenómeno cultural y no me toca de ninguna manera.
-Estando en una época de crisis, el género de novela negra y policíaca suele cobrar más fuerza. ¿Está ocurriendo esto también en los EE UU?
-No lo sé y, créame,  es la verdad. No lo sé.
-Escuche. No voy a hablar de política. Sólo quiero saber porqué le molesta tanto cada vez que en una entrevista le preguntan su opinión sobre la actualidad política de su país. Porque no es la primera vez que pasa…
-No vine aquí para hablar de la actualidad norteamericana. Yo soy un producto de los Estados Unidos de los años cincuenta, que es sobre lo que escribo y es lo que me interesa. Vosotros los europeos son tan predecibles, siempre quieren extrapolar lo que ocurre en mis historias con la actualidad, por eso aquí siempre soy tan controvertido. ¿Y quiere que le diga algo? Lo sabía, desde el momento en que cogí un avión en Los Ángeles para volar a España el día de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, lo supe: me van a preguntar por Obama. Que lo que los editores de su periódico realmente quieran preguntarme sea qué pienso de Obama, me parece más bien triste.

sábado, 3 de noviembre de 2012

El medio metro de Marías

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Su entrada es nupcial: lenta, tardía y ceremoniosa. Avanza por el medio del pasillo de la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde ha convocado a la prensa, a las seis en punto de la tarde. Lleva una mano en un bolsillo, la otra permanece a  la vista. Viste una americana azul en cuyo ojal lleva prendido, como siempre, ese raro y diminuto camafeo de esmalte;  le acompaña una levísima sonrisa en el rostro.  Para no gustarle las ruedas de prensa, Javier Marías luce en verdad bastante cómodo. 

Ha sido Premio Nacional de Narrativa por unas horas. Lo que ha tardado el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes español en concedérselo  y él en rechazarlo. Es una cuestión de coherencia, dice él mientras lee un escueto comunicado de cuatro párrafos fechado el 25 de octubre de 2012. No aceptará nada que venga de una institución del Estado, llámese invitación, premio, reconocimiento, puesto, o lo que sea; dice. El último reconocimiento de ese tipo que aceptó fue en tiempos de Adolfo Suárez, en 1979, con el Nacional de Traducción. Tuvo otro, en 1998, que le otorgó la Comunidad de Madrid, pero no lo trae a cuento.

La decisión de evitar al Estado, dice, la tiene tomada desde hace tiempo. Año 1998, cuando resolvió mantenerse alejado de esas disputas que generan los salones del libro y los reconocimientos literarios. Todo esto lo explica sentado sobre una tarima desde donde nos mira, a todos, por encima de nuestra altura real. Nosotros estamos al ras del suelo, él se eleva algo así como medio metro. Y así nos habla, como si ese medio metro le viniera dado.

De habérselo dado, también habría rechazado el Cervantes, dice. Quizás han sido los premios internacionales, entre ellos el premio Austríaco de Literatura Europea o el Rómulo Gallegos, los que lo han hecho sentir menos ansioso por los premios españoles, explica. Pero no se trata de eso. En este país, donde existe la manía de “tergiversarlo todo políticamente”, esto será visto  como un desplante. De eso está seguro y entonces apoya su dedo medio e índice en su sien. Alguien pregunta algo. Marías arruga el gesto. No escucha. Las palabras del periodista no se elevan lo suficiente para llegar al medio metro de altura de más que lo separa de la sala.

Los reporteros insisten sobre si es éste un mensaje para el gobierno de los populares, a quienes ya ha comparado anteriormente con el franquismo, por la magnitud de sus recortes en los presupuestos de sanidad, educación y cultura. Después de aclarar que también lo habría hecho de haber gobernado el PSOE, Marías se despacha a gusto. “El dinero que no me van a dar ya podrían dárselo a las bibliotecas, que este año tienen un presupuesto de cero euros”.

Transcurrida  una hora de preguntas y disparos de cámaras fotográficas, la conferencia de prensa se vuelve circular. Marías repite a Marías. Y su frente, como la de una actriz cansada, brilla de sofoco y cierta extenuación. Un pañuelo, por favor.   El novelista pregunta si existe alguna otra duda más. La verdad es que, si quedan, el micrófono ha dejado de circular hace rato en la sala. El escritor se pone de pie. Un último enjambre de reporteros gráficos se abalanza sobre la tarima. Él vuelve a sonreír, aunque nunca ha dejado de hacerlo del todo, y baja al suelo de mármol, sobre el que sigue caminando, todavía,  con su medio metro de más  pegado a la suela de los zapatos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Madrid, 13 de octubre. Seis años




Me daba a mí por imaginar cosas, por buscar palabras y anotarlas en libretas, por pensar que era posible contar historias como en verdad ocurrían. Me tomaban por sorpresa los ancianos con acordeones, las estaciones de metro de Argüelles y Moncloa , los autobuses bajo la lluvia, las calles inundadas por paraguas y las farolas sin sueño del paseo pintor Rosales a las dos de la mañana.  Entonces siempre llovía y yo siempre pensaba en volver.
Pensaba que las cosas eran rápidas y sencillas y que las historias se escribían solas. Que ellas nos escogían para contarlas y no que había que cogerlas, fuertemente, como se hace con las palabras cuando se desbocan. No entendía yo que lidiaba con caballos a dos patas. Ignoraba cuán fuerte había que tirar de las riendas para que cada párrafo no echara a correr cuesta abajo.  No sabía yo que esta vida era una doma.
 Cuando llegué aquí  tenía mucho menos claro el sonido de las multitudes y el valor que van cobrando los días cuando se juntan, unos junto a otros, año tras año, como un conjunto invisible de verdades que se revelan, amarillas, sobre las paredes. No entendía el valor de una habitación con ventanas, cuán importante es una noche continua de sueño o el abrazo recuperado de a quienes en verdad echas de menos.
Aprendí a perder. A darme cuenta de que perdía lo aprendería mucho después. Perdí la costumbre de las libretas y dejaron de sorprenderme losancianos con acordeones. Todavía me impresionan los aviones y los autobuses bajo la lluvia. He perdido la costumbre de salir a caminar bajo la noche y también la idea de que las historias se cuentan solas.
Cuando llegué aquí, hace seis años, no pensé que quien se marchaba de un lugar lo hacía de esta forma, tan como si no ocurriera. Porque comienzan a llegar los días en que los regresos se parecen cada vez más a las visitas. Y cuando menos lo esperas,  descubres que has estado marchándote demasiado tiempo.
Me bajé de un avión en la Terminal 4 de Barajas, hace seis años. Era un trece de octubre. Llevaba entonces, creo, dos maletas llenas de ropa que no abrigaba. Y entonces creía que iba a algún sitio. Pensaba cosas definitivas que debían cumplirse en plazos más o menos  perentorios. Pero los días, como los equipajes, se extravían. Y cambian los viajeros de sitio como los aeropuertos de año. En mi país siguen gobernando los mismos –ya no sé si les odio o si sólo les he dejado quedarse con todo-, en mis libretas ya no manda nadie.
Aún extraño a los mismos que eché de menos ese día, y el siguiente a ése, y a ése y a ése. Todavía lloro cuando llueve y, aunque creé estas crónicas –los barbitúricos ciudadanos las llamé, a los pocos días de llegar- aún no me queda claro cómo ni cuándo voy a encontrar valor para contar esta historia como en verdad ocurrió.